Lo que el tiempo se llevó...

LAS CASETAS DE LAS BODEGAS 

Las casetas antiguas de las bodegas, en los años 50-60 del pasado  siglo, eran construcciones sencillas. Sus dimensiones iban desde  unos 3 x 3 m a otras de 5 x 9 m.  Con unos fundamentos rudimentarios de piedras y cantos rodados,  seguidos de paredes de adobes.  Un tejado sencillo de largueros y  tablas que soportaban las tejas.  Raramente las paredes estaban  repelladas, teniendo el sufrido  adobe a la vista. Las puertas eran  rústicas, con troncos en parrilla o  tablones, dejando orificios de ventilación. Dentro, el suelo de tierra y  las paredes desnudas, a veces con  una estrecha ventana. Otras pocas  bodegas, que todavía se pueden  ver, tenían una pequeña entrada    con bajas paredes de adobes y  una sencilla puerta. Unos barderos con tierra cubrían la entrada  y las escaleras. Las casetas se  cuidaban poco y ya había algunas arruinadas. En las familiares  se guardaban recipientes y candiles. No estaban preparadas ni  se usaban como merenderos,  porque había poco que llevarse a  la boca. A veces improvisaban un  asiento con algún poyo. Sin  alumbrado público, hacía que  por la noche la zona de bodegas  fuera tenebrosa y peligrosa. Había que recordar los caminos y  sendas para no caer en zarceras.  El alumbrado en el interior era  pobre. A la entrada de la caseta  se tenía el candil o petrolero, con  cerillas que se  humedecían  y  después no encendían. Los petroleros iluminaban poco y llenaban las paredes  y narices de  humo. No había  linternas. Sobre  los 70 se iluminaron un poco  las zonas de bodegas y en algunas casetas metieron la electricidad. Fue un gran avance. 

Las bodegas, en los años 50-60 eran numerosas. Situadas en tres zonas al norte de la población. Unas jalonaban ambos lados de la amplia  subida del camino de Carretorrecilla. Otras estaban a los lados del angosto camino que asciende a Carremediana. Y las más numerosas se  dispersaban sin orden sobre la loma de la subida al Monte Nuevo, que  muere en el prado. Las había de propiedad familiar, pero en general  pertenecían a muchos. Los diversos dueños se repartían los sitios con  una cuba o tonel a lo largo de la nave y los bodegones. Una caseta o un  cubierto de bardero daba entrada a las escaleras, tapadas con una loma al exterior. En otras, las del prado, entraban por llano, directamente  a la nave, excavada en una capa arcillosa y otra inferior arenosa. La nave era casi siempre recta de hasta 80 m. Una estrecha escalera de peldaños desiguales y húmedos daba a la nave principal, de unos 3 m de  anchura y altura, y pequeñas galerías laterales, los bodegones. Finalizaba en un respiradero al exterior, la zarcera 

Las zarceras eran los pozos de ventilación, muy conveniente en época  de tufo, de un 1 m de diámetro y hasta 10 m de profundidad. Estuvieron  muchos años abandonadas, sin protección, a veces con un brocal muy  grande o con unas zarzas sobrepuestas sobre unos palos. Los niños  jugábamos a su alrededor, bordeando el peligro, temiendo una caída.  Conocíamos dónde se encontraban de día. Pero de noche, sin ninguna  iluminación, podía pasar como al tío Emilio, que se le tragó la tierra y  apareció al día siguiente en una lóbrega bodega. Con el tiempo se han  mejorado y hoy aparecen con un tubo al exterior. 

Costumbres: En aquellos años, los hombres subían a la bodega al anochecer, al regreso del campo, después de guardar ovejas y caballerías.  Sin prisas, en las tempranas noches invernales, solían llevar un trozo de  pan y un arenque para merendar y alternar con los varios propietarios  que coincidían en una bodega. Improvisaban una fogata que les calentaba mientras probaban el vino de cada uno chingando del porrón. Comentaban las escasas noticias, las experiencias graciosas y los chascarrillos  que provocaban la risa fácil. Entonces  no había costumbre de subir en familia  a merendar a las bodegas y sólo los mozos y raramente amigos casados, organizaban alguna frugal merienda. Durante  muchos años no hubo merenderos. No  se prepararon las casetas ni se construyeron nuevas con tal fin. En los años 60 y  más en los 70 comenzaron a subir las  familias a merendar algún domingo. Lo hacían en el tiempo bueno merendando al aire libre o improvisando un  espacio en las descuidadas casetas o lagares. Ciertamente que en el  exterior de la bodega del tío Echevarría, hacía años, habían construido  unos poyos. Allí se veía a los ancianos, con el porroncillo, tomando el  sol al abrigaño. Durante años siguieron subiendo por vino para el día,  pero con la aparición de la televisión, las tertulias  se hacían en las  cantinas. Mientras, en pueblos  vecinos, construían merenderos  incluso con lujo.  En los 80, mejoraron las casetas y fueron convirtiéndolas en merenderos. Pero fue en los 90 cuando se subastaron parcelas en el prado y  edificaron los modernos merenderos. 

Conclusión: Las bodegas de mi niñez fueron lugares muy concurridos  en vendimias. Se guardaba mucho vino y se cuidaban todos los envases, cubas y toneles. Algunos tenían vino en diversas bodegas. Subían  a diario a coger vino fresco para la familia. Una gruesa y retorcida llave  abría la caseta. No se molestaban en mejorar accesos, escaleras, ni  acondicionar casetas. Unas pocas casetas familiares se arreglaron  como merenderos más tarde. En otras bodegas, al ser casetas reducidas no se pudo hacer merendero. Las de varios dueños, que no se pusieron de acuerdo, no se repararon y comenzó su ruina. Hoy apenas si  los particulares guardan vino en las antiguas bodegas. Prefieren tener  un merendero nuevo en el prado con comodidades. Así que ya no se  ven corrillos alrededor de un porrón, ni los carros de los compradores  de vino, ni a los corredores saliendo resoplando con el pellejo de tres  cántaras a la espalda. Muchas casetas están en ruinas y sus bodegas  hundiéndose. Una lástima que el trabajo de ”esclavos”, que ha servido  durante siglos, vaya desapareciendo en hoyos horribles que reclaman  a gritos una reparación…Al ver esas ruinas, me traen recuerdos de mi  niñez. Entrábamos en las bodegas, a veces sin luz, por escaleras resbaladizas. Jugábamos y penetrábamos en las hundidas a tientas.  Pasábamos entre los maderos de las puertas si cabía nuestra cabeza,  planchando las orejas. Corríamos peligrosamente entre las zarceras…  Pero hoy, con pena, contemplo que muchas de aquellas casetas, que  de lejos parecían casitas de belén, están en ruinas y sus naves hundiéndose miserablemente...

Carriguera

Edita:

Parroquia de Villalmanzo

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