VACACIONES DE...
“Semana Santa”, procesiones, cofradías, encuentros, turismo…
Buena síntesis, amigos, nos traen estas vacaciones de primavera con toda esta variedad de ofertas. La naturaleza nos pide descanso del bullicio de cada día, y silencio porque está a punto de soltar el grito al reiniciar su nuevo ciclo de vida, ciclo de un año solamente: nace, vive y muere. Escucha y contempla el palpitar de la Vida recuperada, quiere expandirla a los que están soñando: ¡despertad! ¡de nuevo estoy aquí! Las flores del Jerte auguran opimos frutos para la colecta de agosto y octubre. Que así sea, amigos, que así sea.
Ahora oigo pasos marcados y quedos; oigo sonidos agudos de trompetas por todas partes, gentes que cantan y rezan, imágenes que caminan por las calles, acompañadas de flagelantes penitentes, y golpe a golpe marcan el ritmo del silencio; hablando con su Dios confiesan su vida descarriada. Es la procesión penitencial de suplicantes. Únete a ellos; también tú precisas sangre nueva. ¿No ves cómo chorrea el Nazareno? Y la Macarena no puede contener sus lágrimas; la “sin pecado” no tiene culpas, ¿por quién llora? Te invita a enderezar tu vida, la que renace año a año en la Semana Santa: celebramos con respeto y reflexión la Pasión de Cristo que redime nuestras malicias, ofreciendo a Dios Padre ofendido, su sangre vertida en sacrificio.
… ¡Las campanas! locas de alegría, revolotean por los aires anunciando que el Nazareno, triunfando sobre la Muerte, ha vuelto a la Vida, a la vida del encuentro, de la confianza, de la amistad de los hombres, del disfrute, del turismo. Cristo ha redimido nuestros pecados y estamos en paz.
Así es, amigos, el ciclo de la Santa Semana de la “Pasión” que se cierra con la “Resurrección” de Cristo, nuestro Hermano. Amén.
El Golilla, 2019.
EL TINIEBLO
Llegados los Santos días, don Dióscoro, el sacristán, era todo dedicación para la liturgia: siempre a las órdenes de don Aquilino, el cura y, ayudado del Retógenes junto con los monaguillos, preparaba el monumento. En esas jornadas acudían más fieles sobre todo para el Tinieblo. No le importaba al Retógenes, el pastor, únicamente iba a la parroquia para el Tinieblo, el suyo era una piel de oveja y, todo venía de cuando aquel lobo le mató la mejor borra. Especial cuidado ponían en la colocación del candelabro de las quince velas amarillas o tenebrario. Allí lo ponían, pues ya en la noche, tendrían el oficio de tinieblas. Acudían todos, los niños no: demasiado miedo por el ruido oscuro, tenebroso.
Imaginaba, don Dióscoro, la escena: próxima la noche, todo el vecindario pendiente de la última vela, Don Aquilino, el cura, tras el tenebrario; en sus manos, el libro de los salmos, a su lado él, don Dióscoro; dos monaguillos portan grandes carracas. Sólo están las plegarias del sacerdote. De las quince, sólo una vela alumbra. Entona el miserere el cura y, estalla el carrusel de ruidos atronadores pues todo es oscuridad excepto la escasa luz de la vela. Parece, la escena, como un silencio que huye apresuradamente y una nube pare con dolor el ruido estremecedor de los tinieblos, de las carracas, de los aperos del ruido atronador y bronco. Tiritan las tallas del altar tapadas con enormes telas; oscilan las lamparillas, ya sin luz, mientras la oscuridad es total.
Están los ruidos todos: los golpes de las estopas, bramidos de cuernos, cencerros. En los giros de las carracas: la herida del dolor; las botas de vino añejas aúllan al golpear las columnas. Una y otra vez saltan las piedras de los botes de las latas. Más parece aquello un parto macabro de una amalgama de sonidos creados para el terror; de momentos incendiados de oscuridad; de lamentos de miedos llenos. Queda, el tinieblo, como algo doloroso, como un aullido lastimero: ha muerto Dios, sin luz permanece la aldea, sin resuello sus moradores, las campanas boca abajo. Que todo eso es el tinieblo.
José Luis Aragón Arribas