SAN BLAS
Este santo, desde mi niñez, siempre me ha resultado muy simpático y “dulce”. Aunque para mí era un gran desconocido, sigo añorando aquellas bendiciones de las rosquillas y pastas en el convento de San Blas, cuando siendo niños, el día de su fiesta íbamos a Lerma. Mi madre las hacía con todo cariño y una gran fe, porque bendecidas por San Blas nos aseguraba que curaban los males de la garganta. Santo remedio que había que guardar para la ocasión, aunque alguna se perdía por el camino. Porque entonces los caramelos y las pastas “no los veíamos”. Santo tan “dulce” que añoro aún su festividad y cada año agradezco a mi hermana sus galletas bendecidas.
Si en el sermón nos explicaban la biografía del santo no lo recuerdo, por contemplar las rosquillas. San Blas de Sebaste (hoy Turquía) fue médico. Según cuentan, vivía como eremita en una cueva de un bosque. Curaba y hacía muchos milagros. Salvó a un niño que tenía clavada una espina en la garganta. Sanaba a las personas y hasta los animales hacían cola para que los curase. Fue nombrado obispo y siguió viviendo en la cueva. Durante la persecución romana de cristianos, para matarlo le tiraron a un lago pero caminaba sobre las aguas para demostrar la fe en su Dios y en cambio los idólatras se hundían. Fue martirizado entre horribles tormentos a principios del siglo IV.
Su fiesta, el 3 de febrero, es muy celebrada por doquier. Su devoción y patronazgo se extendió por todo el mundo. Paraguay le nombró patrono del país. Muchas ciudades y pueblos del mundo le erigieron iglesias y ermitas. La ciudad de Dubrovnik lo celebra desde hace 900 años con gran solemnidad como su patrón. Los enfermos de garganta tienen mucha fe en su intercesión. Los otorrinolaringólogos le nombraron su patrón. Y hoy los confiteros, pasteleros y galleteros también lo “celebran” bien.
Los agricultores cascajuelos pendientes de sus cosechas, le recordaban en sus labores. Con refranes como “por San Blas la cigüeña verás y si no la vieres año de nieves”. Asustándolos con otro que “si no la vieres mal año esperes”. En cambio, este los ilusionaba con “año de nieves, año de bienes”. El campesino siempre miraba al cielo, en la primera mitad del siglo XX. Sin radio ni televisión, los pastores del pueblo le pronosticaban el tiempo. Y el listillo añadía, “por San Blas, hora y media más”. Crecía el día, se iba pasando el invierno, calentaba más y se acercaba la primavera animándolos a nuevas labores y siembras, soñando en buenas cosechas…
Al final, con o sin rosquillas bendecidas, siempre podemos rogarle al Santo con esta jaculatoria: “San Blas bendito, cúrame la garganta y el apetito”.
Arden