Una parábola
No sé cómo os caerá esto en pleno verano. Pero hay cosas que no se ajustan a la voluntad de los hombres, nos las impone nuestra propia naturaleza, y las debemos aceptar...
Hace dos días, tuve que asistir a la despedida final de un viejo compañero. Aprovechando esto, el Sr. Cura pensó que muchos de los presentes acudían a despedir al difunto por el difunto, no por ellos. Con esta preocupación, dio un giro a su predicación diciendo: Todos sabemos que Juan está ahora en buenas manos. Dios le ha visto “justo” -también vosotros,¿no?-- y le ha llevado al Paraíso. Le dejamos en sus manos… Pero yo
me pregunto ¿Qué os respondería ahora a vuestros sentimientos? ¿Qué pensáis cada uno de vosotros?... Y siguió más o menos con esta “Parábola”:
Érase una vez un tal Pedro, una persona normal entre los vecinos del lugar, con ambiciones semejantes al resto de vecinos, sus amistades y enemistades conocidas, y sus manías ya muy viejas. El ambiente familiar le había dejado como herencia, un cierto rencor y sospechas fundadas, al parecer, de sus desventuras de infancia. Nunca había sabido la verdad de todo ello, porque quería olvidar todo cuanto se le había dicho en voz baja. En el Sanatorio, Pedro tuvo ocasión de hacer amistad (¡cosas que hace a veces la enfermedad compartida!) con otra persona que había soportado desventuras parecidas, y mutuamente se las contaban. A pesar de esas cosas comunes, encontró una diferencia con él: este amigo logró desarrollar un carácter más positivo y abierto. Esto despertó gran interés, y poco a poco, descubrió la mejor suerte de su amigo: los estudios que pudo hacer, el trabajo en Bilbao, los amigos, la mujer, los hijos… le habían hecho la vida llevadera y feliz.
Era una historia más bonita, pero… el hecho es que, al poco tiempo, le dieron de alta a Pedro y regresó a su lugar. A su amigo se le complicó la enfermedad y no consiguió salir con vida. Pedro no faltó a los funerales. Pedro, recayó de nuevo y volvió al Sanatorio. La muerte de su amigo le siguió persiguiendo, y el ideal de su amigo y sus ganas de ser feliz como lo fue él, le movió a renovar el diálogo que su muerte había cortado. Tan apasionado e íntimo fue este diálogo, que se atrevió a pedirle a Dios que le diera un tiempo más de vida.
-¿Y tú que harías?... Sorprendido, le contestó: -Seguir su ejemplo: aprovechar cada minuto como un regalo, disfrutar de las personas con las que estoy, vivir la vida como un regalo que se me da, gozar de cada minuto con optimismo…
El Golilla