En este instante escucho con relajo “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi. ¡Una delicia! Seguramente no es algo nuevo para muchos de vosotros; en verdad es agradable, descriptiva, pegadiza. Esos ritmos barrocos que la animan trasmiten, recuerdan y a la vez, despiertan estados de ánimo familiares en el ciclo anual de la vida. Con su ritmo agitado y brillante, siento en mi cuerpo los vientos fríos de marzo, los olores renovados del inicio primaveral fantástico. El cambio melodioso que sigue, suave y prolongado, me recuerda las siestas del último verano, relajadas, perezosas; no faltan las tormentas de julio con el zumbido del trueno y el chasquido fuerte y acelerado de los goterones de agua, todo bien armonizado en el contraste musical. El tiempo va pasando y el vibrante violín despierta el olor a tierra mojada: son las primeras aguas de otoño. Poco después, surge el persistente y chispeante ritmo del violín, trasmite la sensación del frío tiritón del crudo invierno que se acerca. Entrado el día, la música recrea las calmas lentas del débil sol de mediodía o la nevisca helada del atardecer. No se olvida del calorcito del fuego y la tertulia de la cena: ahí está el brío de la orquesta. El invierno se palpa.
El concierto ha llegado a su final. La música de Vivaldi me ha permitido vivir el sueño vital, monótono y a la vez variado del año, de años ya vividos. Pero hoy me toca paseo y me dispongo a ello. Es un día de calma fría y sol pálido, día de abrigo gordo con bufanda de lana, cabeza bien cubierta, guantes y botas de invierno (¡Ojo con los meses con “r”!); dejo el libro en casa, y salgo a la calle. Una vuelta por el barrio a menudo trae sorpresas; pero hoy no parece día de sorpresas. Entro en el parque con ánimo de falso atleta: paso ligero y ritmo regulado; al poco, no resisto y pierdo el compás. Puesto a disfrutar del paisaje, le contemplo atractivo y sereno, con muchos árboles jóvenes de variados tipos, que han dejado caer mil hojas, ahora entumecidas, de colores marrones apagados (¡el verano se llevó pronto la clorofila!) amarillentos, de tonos castaños, hojas moradas, claras que contrastan con el verde esmeralda de las campas y linderos. Subo al cerrito “El Mirador” y el horizonte se abre en un redondel ceniciento enorme con núcleos urbanos no muy distantes y el movimiento propio de las entradas/salidas de la gran ciudad… Son la muerte y la vida bailando su turno: la vida del retoñeo y la muerte fértil en la esperanza. Deleitosa paz que nos augura nueva vida.
Me encuentro ahora despidiendo octubre y acercándome a los altos del pueblo. Algo he dejado por allí con deseo de hallarlo. Hoy busco en un rincón la lápida de alguien que le han llamado y se ha ido. Encuentro muchas con nombres a los que respondían al ser nombrados. Yo sé que no contestarán, por eso estoy callado. Un día dejamos aquí sus restos mudos y ahora me hablan de otro modo: son los recuerdos mutuos. Los repaso y lamento no entender su idioma, y escucho mi monólogo: “Amigo, me dice. como te ves, un día yo me vi; como me ves, otro día te verán”. Cien veces oigo esta voz, y voy pensando: También los muertos hablan, luego viven. Sin duda, están en buena compañía.
El Golilla-Nov/15.