A pesar de la oscuridad, desde el manantial de Valdesendero por la falda de la ladera, buscaban la cima de la Mira de Otero, allí se encontraban más cómodos; ya era la noche. Parecía, el cielo, estar clavado en su armazón con infinidad de tachuelas de luz que, eso eran o parecían ser las estrellas.
Buscaban una. El telescopio les servía, se las acercaba, para ellos un compañero inseparable, el objeto más mirado, más apreciado en su dedicación a los astros. Era, el frío, demasiado protagonista, allí en la noche extremadamente alargada del monte cascajuelo.
El más amigo de las estrellas, todos lo eran, fue el primero en pasear sus ojos por todo aquel arco tan espectacular, tan agujereado que no se cansaba de llover y llover puntos de luz, en aquella noche de Diciembre altamente generosa en horas recientemente apagadas, por estar ya dormidas. No era numeroso el grupo: una muchacha que había hecho de la fotografía su profesión; un joven abogado funcionario de justicia; una artista, que bebía en las fuentes de la pintura naïf; un estudiante de la Física de nubes; un astrofísico empapado de planisferios, ecuaciones y modelos de campos estelares; una muchacha que hacía suyo el arte floral; y, un poeta maduro, decían que el último poeta del campo.
Se turnaban en el telescopio, disfrutaba cada uno en sus minutos de lente amiga, como que les costase abandonar su sencillo privilegio. Comentaban, se sonreían ante tanta belleza, ante tanta oscuridad traspasada de infinitos alfileres brillantes de luz y más luz. Por acompañar la soledad única de la noche, el derroche de los finísimos manantiales de hilos de luz, el momento alto en la plataforma de cemento; degustaban unas galletas. Un poquito de orujo de las bodegas del Valle acariciaba sus estómagos. Alguien buscó la importancia de la Navidad en unos trozos de turrón.
Comenzó, en el telescopio, el funcionario: “Muchachos, es maravilloso en el visor se aprecia una chabola. En la cabaña, tres personajes sencillos, más bien una familia humilde:
un varón atiende la lumbre de un pequeño hogar, y con una azuela construye un taubrete para que su joven esposa pueda sentarse pues acaba de dar a luz a un varón que permanece en la cuna de balancín, recién hecha por el señor con manos de carpintero.”
De pronto, la muchacha amiga de las flores, dejó de mirar en el telescopio: había desaparecido una estrella, la que más admiraba, la más llena de luz. La escasa iluminación comenzó a ser más miserable. Comprobaron, los demás, que una estrella había abandonado la formación, hasta entonces inalterable, incuestionable, fija. Pero... ¿Qué estrella era esa que tenía la osadía de perderse por ahí, abandonando sus coordenadas de siempre?
A media luz, como el tango, Villalmanzo permanecía; nunca una única estrella huida produjo tanta escasez de luz. Preocupados estaban los amigos de las estrellas, contrariados; ningún astro ocupaba el lugar dejado por la estrella rebelde.
−No hay explicación en las fórmulas. −Dijo el astrofísico.
−Puede ser una estrella envejecida que asiste a su propio entierro. −Añadió la joven fotógrafa.
−La estrella permanece ahí. Quizá no la veamos por la interposición desafortunada de un velo negro atmosférico, que nos impide apreciar su extraordinaria luz. −Se explicó el físico que leía en las nubes.
−No es tan fácil la explicación. También fallecen las estrellas como se apaga la luz de una vela sin cabo, y escasa de cera. −Añadió la muchacha, amiga que era de las flores.
−Se me ocurre a mí que, esa estrella singular, ha desaparecido del campo de nuestro telescopio; pero permanece viva, muy entera. Indudablemente, ha abandonado la formación, ha elegido un nuevo camino, una extraña órbita sujeta también a las leyes gravitacionales. Quizá la necesiten en otro lugar más sencillito. Pongamos que ha de ser como un faro, cuya luz necesiten tres caravanas de dromedarios que cruzan los desiertos de Oriente en dirección a una aldea de Judea. Pongamos que esa aldea se llame Belén, y, las tres comitivas las patrocinen seres magos, de nombres: Melchor de Nubia, Gaspar de Persia, y Baltasar de Babilonia. Por eso nos hemos quedado sin ella, sin luz. De nuestro planisferio se ha descolgado, para derrochar luz en el ambiente humilde de un pesebre de Belén, donde tanto frío se siente que, la llama de los candiles no sirve. −Dijo el poeta.
Al acercarse a la población por el Prao, sorprendidos de nuevo; vieron cómo la Estrella permanecía sobre la torre de la iglesia e iluminaba el mirador, mientras en las campanas el frío era menos, tal era su alegría.
José Luis Aragón Arribas