LOS MONAGUILLOS
Recuerdo con nostalgia aquellos años (50 del s. XX) cuando era niño y me hice monaguillo. Un día llegó mi hermano con un papel en latín para que me aprendiera unas respuestas. Aquel lenguaje me pareció chino y no me lo aprendí del todo porque no lo entendía sin traducción. Así que contestaba siguiendo de oído al otro monaguillo. Había que asistir a misa cada día a las 9 de la mañana y el domingo a las dos misas. El frío y las heladas no nos desanimaban ya que al entrar en la iglesia y la sacristía había el mismo fresco que fuera.
Los domingos teníamos más trabajo con los toques de campanas, sobre todo del esquilón, encender las velas de la iglesia y preparar la misa. En la vieja y desangelada sacristía, el cura se revestía recitando oraciones y los monaguillos nos vestíamos de rojo y blanco. Rellenábamos las vinajeras y llevamos las formas y el cáliz al altar. Se oficiaba de espaldas a los fieles y debíamos estar atentos a servir las vinajeras, al lavatorio de manos, a tocar las campanillas, a elevar la casulla y llevar la bandeja al comulgar. Después de misa nos repartíamos los recortes y probábamos si había quedado vino en la vinajera y esperábamos la propina de la escasa colecta recogida con el bonete.

En Semana Santa teníamos muchas tareas como tapar los santos con unas cortinas, anunciar las misas y rezos con toques de carracas por el pueblo, montar el monumento, preparar los oficios, las precesiones y viacrucis. El concilio Vaticano II sustituyó al latín tradicional y autorizó el uso de la lengua vernácula en los oficios y celebrar la misa frente a los fieles. Los feligreses participaban más en los cánticos, las lecturas y en los asuntos de la parroquia y aparecieron las devotas monaguillas.
Vaya este recuerdo para cuantos fueron diligentes monaguillos y animamos a las familias que nos alegren viendo a sus niños ayudando a misa con fervor.
Ardem