Costumbres y tradiciones

DOS REGALOS EN EL SILENCIO DEL HUMO 

  Permanecían los dos ancianos en su casita pequeña de Solascasas; era la tarde con sus horas más tardías por perezosas. Alrededor de la lumbre del fogón estaban. Él, de vez en cuando, removía los troncos con el atizador; multitud de chispas saltaban de la pequeña hoguera. Luego se quedaban en nada y, eran atrapadas por la veterana coraza del hollín, allí depositado en la gran campana. En una de las paredes: un calendario de la Unión Española de Explosivos con la figura de una mujer morena; en sus manos: un cigarro, una mecha atada a un cilindro explosivo. Para la otra pared: un pequeño vasar de madera adornado con puntillas de papel.

 Mientras las llamas proyectaban caprichosas siluetas, miraba él hacia el calendario, remiraba las fechas, el 24 estaba próximo, la Pascua al caer; contemplaba a su esposa, tanto la quería, la apreciaba tanto que alguna lágrima se asomaba a las ventanillas de sus ojos. “Es mi mujer la quiero ¿cómo podría expresárselo? —se preguntaba mientras las astillas se desmoronaban— Tiene que ser un regalo muy personal. —Decía para sus adentros, meditando. Los ojos vidriosos por la emoción. También por el humo.Silueta de mano con dos ancianos

  De vez en cuando, se pasaba ella, las manos acariciándose el cabello al tiempo que ascendían las pavesas; subían por las escaleras de su cabeza los pensamientos: ahí enfrente estaba él, su marido, callado, ¿qué estaría mirando? ¿tal vez la morena del cigarrillo y la mezcla explosiva? ¿estaría palpando con sus ojos las fechas próximas de Navidad? Que sí, ahí estaba el veinticinco más encarnado que el rojo de las amapolas en verano. Le quería, le quería tanto. Hacía tanto que no le sorprendía con ningún regalo… En Nochebuena le podía sorprender con un don que él apreciase singularmente.
 
  Desde hacía varios días, sin saber por qué, en las comidas él no bebía vino; acompañaba los bocados con agua de la Fuente de la Salud. Dudó en preguntar ella. Prefirió no hacerlo. Tampoco iba a la bodega para el jarro diario. ¿Se le habría terminado el vino? Se preguntaba ella. No podía ser siempre le quedaba el majuelo de los Pájaros, daba casi para una temporada. No podía ser. Pronto halló la respuesta: en el vasar faltaba el porrón. Su marido no disponía de porrón; por eso no bebía vino. Algunas veces decía que la vida era lo más parecido a un trago largo y lento, de sabor redondo en un porrón: los ojos fijos en la línea que cierra el paladar de la boca con puntadas refrescantes. Nada dijo ella, quizá se le fue de las manos y acabó roto. Ya estaba, compraría, sin él saberlo, un porrón: el mejor.
 
  Volvía la mirada hacia ella, al parecer tenía cogida la garganta. Debía abrigarse mejor, proteger su dulce voz. Eso es, podía valer: le regalaría, en la Pascua, una bufanda de lana. Pero él no sabía tejer. Compraría unas madejas color rojo, y, como ella sabía tejer muy bien podría disponer de una cálida bufanda. Ya, pero no debía tocar los ahorros, tan necesarios. Tuvo una idea: como no disponía de porrón, se desprendería de su vino aunque le costase; para él, beber sin porrón no era beber. Al pasiego de las telas le proporcionaría una cántara más una cuartilla a cambio de la lana, en madejas, necesaria para la bufanda granate.

  Aumentaba el calor alrededor de la lumbre. “No podemos gastar mucho.”  Decía ella para sus adentros: “los ahorros ni tocarlos.” En la semana vendría el cacharrero de Peñafiel con sus cazuelas, ollas, cosas bonitas y útiles. Llevaría sus dos agujas de la casa Dama. Sin sus herramientas de tejer se quedaría. Un trueque: las agujas a cambio del porrón. Harto le costaba. El regalo merecía.

  Como era la mejor Noche, la llamaron Buena en todo el mundo y, cuando llegó a la pequeña aldea, ellos dos preparaban su cena que, era especial, que era exquisita, que era sencilla. Acercó los troncos de encina él; por iluminar mejor su cocina lucían dos velas, además del candil. Unas sopas de ajo, bien repartidas, con la tostada para él; servían de primer plato y, es que ella tenía mano, las preparaba como nadie las hacía; en esta noche añadían taquitos de jamón fino. Hasta el extremo las saboreaban en las cucharas de madera por él elaboradas. Estaba, después, el pollo asado, casi el único del año; la noche era especial, siempre Buena. Se lo merecían. Después unas pocas castañas cocidas y con anises. Dos naranjas endulzadas con unos poquitos granos de azúcar. Bebían agua. Él no tenía porrón. ¡Una pena! Al fin partieron el turrón, siempre demasiado duro. Alzaron los vasos, se miraron, se regalaron los elegidos obsequios. Abrió, primero él, la caja de cartón, en sus manos estaba el porrón tan nuevo como transparente. Quitó ella, el papel que envolvía las madejas encarnadas, en sus manos quedaba la suavidad de unas madejas pura lana virgen.

Se volvieron a mirar, se sonrieron, se acercaron, con ternura se besaron y, estallaron ambas risas de complicidad. Ahora, él, tenía un porrón aunque no disponía de vino, pero ella lo ignoraba. En cambio, ella disponía de lana suficiente para hacerse una bufanda y protegerse del frío invernal, aunque se había desprendido de sus agujas tan necesarias para hacer el punto de lana y tejer. Tampoco él lo sabía.

José Luis Aragón Arribas.

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Parroquia de Villalmanzo

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