EL MENDIGO
Enrique, que tenía 10 años, jamás olvidó aquella lección de su padre. Era miércoles santo de 1962. No había cesado de diluviar durante toda el día. Quique cenaba con su familia. Entonces sonaron unos golpes en la puerta de la calle.
—Sal a ver quién es—le dijo su padre, Francisco
—Es un pobre muy mayor —y cerró miedoso la puerta.
El padre se dirigió a la entrada. Un mendigo, con las ropas empapadas, temblaba de pies a cabeza, apenas podía controlar el castañeteo de sus dientes y pidió una ayuda.
—Pase, pase, buen hombre, no puede usted quedarse ahí fuera.
El anciano permanecía acobardado en el umbral. Francisco encargó a su mujer que preparara un tazón de sopas de ajo con huevo, bien calientes, pan, y una cola del chicharro de la cena, y que Enrique recogiera unos trapos y mantas del desván. Luego, acompañado de su hijo, condujo al mendigo hasta el pajar para que pasara allí la noche.
—Le voy a pedir una cosa: no se le ocurra fumar o hacer fuego.
A la luz de un candil —la luz triste de los pobres— y con ojos de gula atrasada, observaba aquellos alimentos. Cenó con parsimonia las sopas, alargando aquel corto espacio de felicidad. Finalmente, engulló el pescado y el pan, como un pavo en ayunas, y comenzó a despojarse lentamente de aquella piltrafa de ropa, andrajosa y grasienta.
Enrique contemplaba el lamentable espectáculo de su desnudez, aquellas carnes de piel de pollo que se aferraban a los huesos como una funda arrugada, fruncidas por una maraña de arrugas que denotaba las pérdidas de la edad. Y, por perder, hasta el pudor lo había abandonado. Lo observaba entre la vergüenza y el miedo y un sentimiento de lástima lo embargó. El mendigo se secó la cabeza con los trapos y se acurrucó en la paja cubierto por las mantas. «Muchísimas gracias», balbució.
Al día siguiente, Enrique preparó un tazón de leche caliente, un buen trozo de pan de hogaza y se dirigió al pajar. El anciano ya se encontraba en pie y vestido.
—Buenos días. Tome, así entra en calor. ¿Qué tal ha dormido?
—Buenos días nos dé Dios. He dormido en la gloria, rapaz.
El anciano migó el pan en el tazón y saboreó cada cucharada como si fueran las últimas de su vida y añadió:
—Este trozo de pan sobrante me lo guardaré porque el estómago aún no se ha espabilado, que no es bueno despertarlo con tanta comida. Te diré más: tampoco es bueno hacer virtud del hambre; que no se vive más comiendo menos, si lo sabré yo. Bueno, y tú, zagal, ¿cómo te llamas? Yo soy Ángel.
—Yo soy Enrique.
El mendigo avanzó hacia él. Quique dudó si retroceder o aguantar el tipo. Se fijó en aquellas manos sucias y descarnadas, con las uñas negras, y sintió un cierto desagrado y rechazo. Entonces el indigente alargó despacio el brazo y con la punta de los dedos le acarició la mejilla, con un mimo maternal. En ese momento llegó Francisco y el muchacho se sintió seguro bajo la sombra paterna.
—¡Muchas gracias por su generosidad, no toda la gente hubiera hecho como usted y su hijo! Y, ahora, debo irme, que usted tendrá sus obligaciones y este jovencito tendrá que ir a la escuela. Estudia mucho para que un día no te veas como yo en la calle.
Francisco le entregó una bolsa con media hogaza de pan, un trozo de tocino y un chorizo. Y sus pasos se perdieron como las huellas en el agua.
— Quique, estoy muy orgulloso de ti. Venga, a la escuela —le dijo su padre.
Por la noche, durante la cena, el suceso se convirtió en el tema de charla familiar. «¡Anda que si le da por fumar y prende fuego al pajar!», comentaba la abuela Matilde. El padre zanjó la cuestión: «Hicimos lo que había que hacer, imaginaos que el pobre hubiera sido uno de nosotros y en un día como ese».
—Abuela, el pobre era, como tú dices, un saco de piel con huesos.
—Casi, casi como tú, que tienes que comer más, hijo.
—Vamos, todo el mundo a la cama —ordenó su madre—. Quique, súbete la botella de barro con agua caliente para los pies, que está la habitación destemplada.
—Yo también me voy al cine de las sábanas blancas. Tú, Quique, dame un beso. Hoy te has ganado un hueco en el cielo.—le dijo la abuela y le soltó una ráfaga de besos.
Enrique, acurrucado en su cama, saboreaba el placer de la misericordia y se permitió el goce íntimo y dulce de la autocomplacencia. Había conocido, de primera mano, lo que era un pobre de solemnidad; había comprobado que la ternura residía en el corazón y en las manos de cualquier tipo de personas, aunque sus ropas olieran a orines rancios o a perro callejero.
Esa noche el alma se le vistió de fiesta y se durmió feliz. Y soñó que entraba en el cielo entre dos filas bien ordenadas de ángelesniños. Un par de arcángeles con las alas plegadas, mantenían el orden de las filas. Sobre su cabeza revoloteaban angelitos mofletudos. Dos querubines flanqueaban la puerta de aquella resplandeciente morada. Comprobó que, efectivamente, los serafines tenían bucles de pelo dorado, según les había contado el cura, y que los angelitos solo tenían cabeza y alitas, como los de una estampa de su abuela. Dentro había más personas de las que él siempre imaginó. A un lado, un anciano lo saludaba con la mano invitándolo a entrar; vestía un alba muy blanca y pensó que, quizá, fuera su abuelo, al que no conoció, porque coincidía con la descripción que le había hecho su abuela.
Cuando despertó, desayunó con su abuela y le refirió el sueño.
—¿Y dices que no estaba san Pedro en la puerta del cielo con la llave para recibirte? ¡Pues qué raro, mi niño!
—¡De verdad, abu! Estaría descansando, que ya tiene que ser viejísimo para estar allí esperando todo el día a los salvados. ¿A que sí, abuela? ¿A que por eso no estaba?
Y la abuela corroboró su teoría con una sonrisa de oreja a oreja.
—A propósito, abu, los ángeles no estaban jugando a los bolos.
—Pues eso se me hace aún más raro, hijo, qué quieres que te diga. Quizá no había tormenta ese día, ¿no te parece? —y le guiñó un ojo.
Esta vez la sonrisa la dibujó el nieto.
Abel Martínez García