EL ESTANCO DE VICTORIA
Desde los años 40 hasta los 70 del siglo pasado, Victoria Obregón Martínez, esposa de Luis Martínez, el panadero, tuvo el estanco de Villalmanzo. Estaba situado en una casa de la calle del Centro nº 23. Pasada la puerta de entrada, en el zaguán a izquierda, había una ventanilla a través de la cual Victoria, con su sonrisa, atendía a los que demandaban tabaco, recado de escribir u otras cosas. La tienda era un pequeño recinto con estantes con paquetes de tabaco, de Tabacalera Española, el monopolio de tabacos, los famosos cuarterones y algunas cajas de puros y cajetillas de cigarrillos sin filtros: Ideales, Celtas. Los librillos, (cajitas de papel para liar cigarrillos), con las cajas de cerillas, los sobres de cartas, guardados en cajones con los sellos y las pólizas. No faltaban las pequeñas piedras de los chisqueros y mecheros y las torcidas.
De pequeñito ya frecuentaba ese estanco tan familiar, no por tabaco pero sí por cerillas. En el pueblo, a falta de luz eléctrica en muchas dependencias y sobre todo en las bodegas, obligaba a usar candiles y velas. En las bodegas las cajas de cerillas se humedecían y cuando ibas a encenderlas se descabezaban.
En Villalmanzo, después de la guerra estuvo racionado el tabaco. A pesar de la pobreza, la gente mayor solía fumar con mucha frecuencia. Con los cuarterones, tabaco picado en una pequeña caja de 50 gr. podían liar muchos cigarrillos. Los había que disfrutaban haciendo el cigarrillo como un rito, sacando una hoja del librillo y haciendo un canalito, depositaban un poco de tabaco de la petaca, quitando las hebras gruesas. Enrollaban el papel humedecido con la lengua, dejando un cilindro perfecto. Había quien tenía una maquinilla de liar cigarros pues aquellas cajetillas de Ideales y Celtas los traían sin liar. Después aparecieron las cajetillas con mejores cigarrillos, aunque todavía no llevaban filtros: Peninsulares, Bisontes, Fortuna, Camel y otras marcas.
Los domingos en los bares por la tarde con el café no faltaba el puro Farias. Y durante mucho tiempo los bares tenían una nube negra por el humo de los fumadores. Algunos con la colilla encendían el siguiente cigarrillo. Otros mantenían la colilla en los labios mientras hablaban o trabajaban. Se distinguía al fumador empedernido al ver sus labios y dientes amarillos. El fumador tenía también contratiempos como la quema de alguna prenda o el descuido de la colilla sobre una mesa de madera dejando un cerco quemado. Y no digamos al tirar la colilla en sitios inflamables dando lugar a un incendio. Los fumadores sibaritas exhibían mecheros de oro o petacas de plata con cigarrillos. En el pueblo no se usaban las pipas cachimbas y en la ciudad las señoritas fumaban en pipa recta y fina, aunque estaba mal visto.
De niño recibía encargos de trabajadores que no podían dejar la obra y me pedían que les comprara un cuarterón para llenar su petaca de tabaco o un librillo o cerillas y seguir trabajando.
En los años de la posguerra en las ciudades con Metro había quienes recogían del suelo las colillas de los que entraban en los vagones, para poder fumar ellos o revender el tabaco.
Pero los mayores no olvidamos la amable atención de Victoria aunque fuéramos por un sello, una caja de cerillas o una mínima piedra de mechero.
Ardem