Relatos a mediodía

 LA FUENTE DE LOS SUEÑOS

    Cabalga mi mente como veloz caballo, por espacios infinitos, por llanuras pobladas de begonias y camelias, impulsado por la brisa de los deseos, que me atrapan en un remolino dorado. Vuelo sumergido en una gran burbuja alada, transparente, sobre montañas pobladas de gatos de bandas amarillas, enredados entre ovillos de lana. Ranas aladas gigantes persiguen a escarabajos, dorados. Espectros deformes penden de enormes cometas. Se me acercan, me hablan, me acosan y se burlan.
     —¿A dónde vas, loco?
     — A la fuente de las quimeras donde perviven los sueños y los amores olvidados.
     —¿Qué pretendes con tu viaje?
     —Voy en busca de un amor perdido.
     Oigo sus risas incrédulas como olas que me agitan y estremecen. Y cruzo valles de fantasía, con casas blandas, al borde de un acantilado, que se mecen a mi paso. En ellas moran avispones gigantes, con enormes narices, borrachos de néctares. Me sonríen bobalicones desde las ventanas, y me saludan con sus manos palmeadas. Por las laderas de la vaguada, cada vez más angosta, trepan por árboles muy altos, enredaderas de vivos colores que brillan al sol y me deslumbran. Me rodean mariposas amarillas y rojas, y luciérnagas refulgentes. Manteles de camelias, iris y adelfas, cubren los márgenes del río que surca el valle. Por él navegan barcos de papel, escritos con versos de amantes que nunca se vieron ni llegaron a amarse, falsas cartas de amor con letras borradas por las lágrimas del desencanto. Nenúfares brillantes pueblan los remansos del río. Sobre ellos saltan elefantes enanos, con patas de mosquito, montados por carteros reales con turbantes y sombreros de ala ancha, con valijas de cuero al hombro.
     —¡Carteros! ¿Es este el río que lleva a  la Ciudad de la Esperanza?
     —Síguelo hasta la Fuente de los Sueños y allí pregunta a las adormideras que tapizan sus orillas.
     —¿Visteis allí a mi amada Silene? Es la más bella de todas las criaturas. ¿Sabéis si aún me     espera?
     —Escuchamos al pasar sus cantos nostálgicos, pero no conseguimos verla. Dicen que, tumbada sobre ninfeas de ensueño, languidece de nostalgia, mientras aguarda a su amante que nunca llega.
      Agito mis alas y me pierdo entre riscos que repiten el eco de su nombre al pasar:
     —¡Silene, Silene, Silene...!
      Mientras, desde las cuevas que se abren en el acantilado, me observan enormes ojos abiertos, rodeados por manos que los protegen. Del otro lado, orejas desmesuradas se agitan como abanicos en las oquedades de la roca. Muy a lo lejos, cerrando el valle,  se divisa la ciudad con edificios piramidales y esféricos, algunos de ellos coronados con cúpulas anaranjadas, y otros con formas de setas muy altas.
     De pronto, todo es silencio, y la luz se funde con las sombras. Sólo se escucha el aletear de los sueños alados, convertidos en libélulas verdes,  que me cercan y susurran:
     —¿A dónde vas?
     —¡A la Fuente de los Sueños!
     —El manantial se ha secado. Se bebieron sus aguas los soñadores, los locos y los niños. ¡Regresa, es inútil tu viaje! –me  responden.
     —¿Y Silene? ¿Visteis a Silene?

       Entonces la burbuja estalla y me precipito en un vacío sin fondo. Agitado e incrédulo, descubro una lágrima que se desliza por mi mejilla hacia la almohada. Fuera, la lluvia golpea con fuerza los cristales de mi ventana.

                 

Abel Martínez García

Edita:

Parroquia de Villalmanzo

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