AQUELLAS VACACIONES DE NIÑOS
Las vacaciones siempre han sido acogidas con gran entusiasmo por los niños. En Villalmanzo, en los años 50, tratábamos de no ir a la escuela, no por los deberes y el estudio, sino por no estar encerrados. A las fiestas oficiales y las vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano, añadíamos las dulces de vendimias y las sabrosas de matanzas. Vamos, que a pesar de haber clase 6 días a la semana, no nos agobiaban los estudios y no faltaban días de asueto.
En las familias numerosas de entonces, los niños ayudaban después de clase en recados, cuidado de animales y en las vacaciones mucho más. El curso empezaba el 15 de septiembre y a primeros de octubre venía la semana de vendimias. Aunque no oficial, esta vacación la cogíamos todos hasta el maestro, con gran ilusión. Era divertida con los vendimiadores, los carros con los grandes cestos, con el garillo cortando racimos y eligiendo la uva más bonita para saborearla. Después de pisar los racimos en el lagar, salía el dulce mosto. Pero en la bodega se convertía en un peligro por nuestra pequeña estatura, por el tufo.

Las vacaciones de Navidad pasaban rápidamente, metidos en la gloria o en los charcos, en la nieve o cuidando a las ovejas y los corderitos. No había belenes ni misa de gallo y sí el hombre con más ojos que días tiene el año. Y los reyes magos sí que pasaban… de largo sobre unos machos engalanados con una colcha, pero sin regalos. En los zapatos nos habían dejado solo la clásica culebra y quizás alguna moneda y carbón.
Los tres días de matanzas eran divertidos. Los niños hacíamos los recados. Íbamos al bar repitiendo el encargo que olvidábamos al llegar. Para matar el cerdo, chamuscarlo y pelarlo se necesitaba valor y fuerza y los niños hacíamos que tirábamos del rabo, pero después ayudábamos picando cebollas, carnes y haciendo chorizos y morcillas. Jugábamos con la zambomba, como improvisado balón. Volvíamos a la escuela con la “ración”, pequeño obsequio de la matanza para el maestro.
La Semana Santa también era divertida con sus toques de carracas, carracones y mazas. Los monaguillos ayudábamos a poner el monumento, tapar las imágenes de la iglesia y anunciar las ceremonias por el pueblo con las carracas. A los rezos de las lamentaciones en latín acudíamos todos los niños para después atronar en la iglesia con carracas, carracones y mazas. Los oficios y las procesiones tan lúgubres nos emocionaban.
Los niños sí que teníamos vacaciones de verano... desde el 15 de julio al 15 de septiembre. El verano era agobiante para los labradores. Todos debíamos colaborar en recoger la cosecha. Los niños, mal vestidos, mal calzados y mal alimentados a veces ayudábamos, con bochorno o cierzo, a pelar: garbanzos, lentejas, yeros y algarrobas, respetando siempre los nidos de los pájaros. Cuando empezaba la siega, con las primeras segadoras, al amorenar y acarrear con el rastro recogíamos las cañas sueltas. Con las gavillas extendidas en la era se comenzaba a trillar y a los zagales al principio nos hacía gracia estar en el trillo con los ramales guiando la yunta. Pero con el sol y el viento y las pajas en los ojos, las vueltas y revueltas y la canícula, se nos hacía pesado. Cuando arreábamos a las caballerías, nos regalaban una coz o salían desbocadas con el trillo por eras, campos o calles. De las beldadoras, los niños retirábamos el grano y las granzas. Al guardar la paja, la pisábamos en el pajar, tragando polvo, para que cupiera más. El verano para los animales de tiro era muy duro por el trabajo y las mataduras que los arreos originaban en sus cuellos. Heridas que atraían a insectos, moscas y tábanos que a los jinetes nos picaban. Así que entre las pinchas de cardos y los habones por los aguijones de avispas, abejas y picadas de tábanos y mosquitos, los calores y los fríos, los picores del tamo y las motas en los ojos pasábamos un verano bien divertido...
A pesar de todo éramos felices al aire y al sol y gozábamos de unas vacaciones... “casi parecidas” a las de los niños de hoy.
Ardem