Cuentos del abuelo

VERANO EN EL PUEBLO

  En los días más esperados estamos, siempre queridos del calor, en los rincones del olvido los armarios soportan la pesadez de las prendas de abrigo demasiado amigas  de los inviernos, tan lejanos ahora. Las ventanas son todas de luz, las calles abiertas sin techos de frío, de claridad prolongada. Nos deslumbra, en las tardes, un sol tan vivo que invita a hacer visera con las manos para seguir caminando entre senderos que, a la república de atardeceres de postal conducen; donde los ruidos son trinos en las aves, música puesta por el viento al pasar entre las matas con hojas de estreno. En la lejanía de ladera el ronroneo de una cosechadora entre un mar de espigas nadando.

  Son las cebadas, que muy a su pesar, regresan a la era del descanso. En el adiós, los rastrojos lloran su orfandad: antes todas las miradas, los mejores cuidados; ahora sólo queda la tensa espera del cazador, el cuchillo del arado, y, si es caso la cerilla de algún desaprensivo amigo de las llamas destructoras. Triste espectáculo para unos suelos que todo lo dan y, a los que se exige más y más producción con el incentivo y engaño cortoplacista de los abonos químicos.Gato en el coche

  Son días éstos que invitan a la tranquilidad, inmersos como estamos en un periodo, hasta ahora, de sobresaltos, más bien carrera de obstáculos relacionados con la enfermedad pandémica: viene la primera ola, la superan los más fuertes y descansan, no mucho pues se presenta un segundo asalto acompañado de su correspondiente periodo de relajación…, pero ya está encima la tercera secuencia. En dos palabras: acción, reacción y, ya vamos por la quinta ola de ataque viral precisamente en estos días. Se necesita ánimo, fuerza de voluntad para hacer frente a esta enfermedad tan atípica y puñetera. De los consejos el mejor: no confiarse, no bajar la guardia. Aunque agazapado, el virus sigue en los ambientes buscando la ocasión para crear dolor y hacer sufrir.

  Son los encuentros tan queridos en estos días que se engrandecen entre familias, seres queridos, amigos, paisanos, vecinos. Las, hasta ahora, poblaciones de lo poco, aldeas  enflaquecidas en vidas, recuperan vitaminas cuando ven llegar a sus hijos perdidos en la diáspora, a sus antiguos moradores, a los hijos de sus hijos. Es así. La mejor medicina para el trauma de la despoblación es el regreso para llenar las plazas, andar los caminos, tocar las campanas, alegrar las bóvedas de las bodegas a base de cantares. ¡Lástima que sea temporal!
  Es lo que hay.
 

Jolua2

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