Costumbres y tradiciones

LA COMITIVA DEL MISERERE

Marcan un punto musical las cornetas y trompetas de los Cofrades del Señor; más bien un alarido que, violento acuchilla la negritud de un cielo rasgado que, en esta noche de tinieblas ha capturado los lutos todos, tan negros como las grutas o cárceles de una claridad opaca, aterida. Al instante desgarran los tambores el ambiente desvalido, pesaroso, triste, del cortejo. Corren, más bien vuelan como dardos los redobles de las cajas y tambores, aupados de un viento herido para darse de bruces en las fachadas que hacen, desde años há, la Calle Cantarranas. Algunas vibraciones de los percusionistas se refugian en los oídos, otras empujan la oscuridad de los cristales; se pierden, otras, para siempre en las laderas de ribera que al Arlanza conducen.

Cristo yacente, talla gótica (s.XIV)

 

Paso a paso se trazan los andares de pesadumbre en dirección a la Calle Villafranca. Abre la marcha el Cofrade de la Santa Cruz, de riguroso morado nazareno o cirineo, que abraza el madero y, en éste la leyenda INRI, y un sudario como único testigo luminoso de que en esa Cruz, no ha mucho agonizaba un hombre bueno, muerto por la salvación de todos, y, que ahora el séquito de la población acompaña en su entierro por las calles enlutadas de un Villalmanzo consternado, abatido. Escoge, el grupo de penitentes, la dirección que a la Calle Tercio lleva; permanece el sonido bronco, más bien de desgarro, de los tambores en número superior a la veintena. Si despegamos los ojos de la cobardía del suelo, vemos cómo una figura singular destaca en el sepelio: María se llama pero…, en esta noche, tanto es su pesar que toda ella es dolor. No es para menos: asiste al entierro de su Hijo por ello es conocida como “La Dolorosa”. Apenas si puede caminar, a hombros la llevan cuatro Cofrades de NªSª del Rosario, los de la túnica azul celeste; robustos, firmeza en el paso, seriedad en el semblante. A su vera: las seis  componentes de las Mozas de la Virgen, de luto riguroso, tras sus velos un rictus de dolor juvenil, de pena en la belleza. No es para menos: su Señora ha perdido a su hijo, al sepelio asisten y acompañan. En varios tramos de este trayecto de penuria hace señas, María, a sus muchachas: quiere con ellas estar, de sus brazos juveniles dejarse llevar y, tanto es así, que en señalados tramos son las Mozas  las que con delicadeza pasean a su Señora, y le hablan, le consuelan. Le rezan.

 

En el centro de este acompañamiento fúnebre, el origen, la génesis del acto: el cuerpo, ya sin vida recostado en la horizontalidad de una urna acristalada; del Hijo de Dios, crucificado no ha mucho, por la milicia romana a instancias de la intransigencia hebrea que veía, en el ahora yacente y tumbado, un impostor. Es portado, escoltado el ataúd transparente, por los Cofrades de la Vera Cruz, de riguroso morado nazareno, rostros ocultos: son los penitentes sencillos del anonimato. Tras la urna acristalada, el oficiante junto a tres Cofrades del Señor, los de las capas oscuras, castellanas que, con insistencia, afectación, sentimiento; cantan las estrofas impregnadas de dolor además de arrepentimiento, del Salmo 50 o Miserere. Plaza de la Iglesia, tras el sonido roto de las cajas y tambores se hace el silencio, tres voces escogidas claman: “Miserere mei, Deus: secundum magnam miseridordiam tuam. Et secundum multitudem miserationum tuarum, dele iniquitaten meam.” Es el momento del redoblar de las baquetas, tanto mayores como pequeños recuperan el sonido atronador del perdón, pretenden elevarlo hasta los confines del firmamento. Aquí en Villalmanzo ha muerto Dios y nadie escucha. Continúan, los fieles, siguen las calles, se recitan las estrofas entre el avance lento de la comitiva. Ya en la Iglesia, la Dolorosa descansa entre lágrimas, los inquilinos del retablo han de protegerse tal es estruendo de tambores y cajas. Entre tanto las bóvedas se engrandecen y arquean más y más para acoger los sonidos rompedores del dolor, del sufrimiento: ha muerto Dios, Villalmazo está de luto, y tres varas, antes de autoridad, permanecen tiradas en suelo sagrado.                                                 

José Luis Aragón Arribas 

Edita:

Parroquia de Villalmanzo

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