Cosas de antaño

LOS CUBEROS DE VILLALMANZO

La viticultura fue hasta finales del s. XX un complemento a la agricultura de subsistencia en Villalmanzo. ¿Cuándo empezaron a plantar sus viñas y a construir sus bodegas subterráneas? ¿Existían ya en tiempos anteriores a la repoblación de la Reconquista? Tal vez los historiadores resuelvan estas preguntas. A principios del s. XX unas rigurosas heladas y la filoxera secaron las viñas. Se perdieron muchos empleos y los jóvenes emigraron hacia el norte. Los que quedaron arrancaron las viñas y las replantaron con mucho trabajo y penosas faenas como las de: cavar, plantar, injertar, arar, abonar con carguillas, sulfatar, vendimiar, podar, sarmentar… Para obtener el mosto se pisaba la uva en el lagar, que fermentando en cubas y toneles en las bodegas, se convertía en el “churrillo”, vino clarete o tinto cascajuelo.

Envases en las bodegas

Recordemos también el oficio de cubero o tonelero, casi desaparecido, que hacía recipientes de madera para contener: líquidos, granos, conservas… Para el vino, artesanalmente armaba, según el tamaño o la forma: cubas, toneles, barriles, pipas, barricas, bocoyes, fudres, pozales… desde tiempo inmemorial. Empleaba troncos de: roble, haya, cerezo, castaño, acacia, pino, fresno… Con el tronzador, la sierra, el serrucho serraba unas gruesas duelas (tablas) para cubas y finas para toneles. Con la garlopa, el cepillo y la azuela reducía su anchura y con calor combaba un poco los extremos para dar forma ovoidea a las cubas, que sujetaba con varios flejes (aros) metálicos. Cerraba los extremos con los témpanos, tapas circulares incrustadas en argallos (hendiduras) en las duelas. En las cubas dejaba una boca o brocal, casi circular en la parte superior y ponía la espita o canilla en la parte baja. Asentadas sobre los poyos, se comprobaba su estanqueidad y se rellenaban de mosto con las odrinas.

En el libro “Villalmanzo” se cita a tres cuberos del pueblo: Fidel Barbero Ortega, Nicanor Sáez Quintana y Anselmo Albarrán, sin especificar cuándo ejercieron dicho oficio. En los años 50 del siglo pasado, siendo yo niño conocí a un cubero, tal vez de algún pueblo cercano. Entonces mi padre, Fausto Arnaiz Tomé, le mandó reparar las cubas y los toneles de la bodega. Las cubas grandes tenían una capacidad “a ojo de buen cubero” de 140 cántaras y otras sobre 120. Después le encargó un pozal para trasegar mosto o vino y una media cántara también de madera, poco práctica para medir por pesada.

Hoy, con los nuevos recipientes de plástico, acero, cemento… solo unos pocos cuberos, en fábricas con maquinaria moderna, construyen toneles de madera en serie para grandes bodegas. Todavía recuerdo a aquel fornido cubero que trabajaba con sus rústicas herramientas en la fría bodega con la escasa iluminación de petroleros, candiles o velas, lamentando que esas cubas hoy estén llenas… de aire.

Ardem