Relatos a mediodía

LA CAJA DE COSTURA 

  -Papá, algún día me la llevaré, tú ya no la necesitas -le dijo su hija Pilar, aquel día que fue a visitarlo al pueblo, acompañada de su hija pequeña y antes de regresar a Madrid.    

  A Julián se le nublaban los ojos y una sombra de duda oscureció su cara. Miró a su hija y, tras unos segundos de vacilación, asintió. ¡Aquella caja encerraba demasiados recuerdos, aún muy vivos, y ahora tristes! Sentado en su sofá, cada día más seco y encorvado, rememoraba los años felices junto a su esposa. Sobre sus piernas, que apenas ya lo sostenían, la toquilla de ganchillo tejida por su mujer. Mantenía sus ojos enrojecidos, ya cansados, fijos en su caja de costura de madera con incrustaciones de hojas de nácar, colocada, como siempre, sobre el alfeizar de la ventana.  
 

  A mediados del siglo XX, su mujer, tras aprender el oficio en Madrid, había abierto en su pueblo un pequeño taller de costura. Siempre había sido muy mañosa para coser, arreglar los pantalones de su marido, meter unos centímetros a su falda, remendar aquellos “tomates” de los calcetines rotos de los niños, o bordar aquellos baberos tan delicados para sus bebés. Acompañada por el compás monótono del viejo reloj de pared, quemando los días y sus ojos azules, había confeccionado todo tipo de trajes, pantalones y muchas faldas para sus vecinas; y, cuando los niños crecieron, les tejió aquellos jerséis con franjas de colores y el cuello de pico a juego con los puños.   
    

  Recordaba el abuelo las veces que, con gran imaginación y mucha habilidad, les preparaba los disfraces: la túnica dorada para el pequeño Luis cuando hizo de ángel, subido en un árbol, en la cabalgata de Reyes, el Kimono floreado para una fiesta de disfraces de su niña Pilar en carnavales...   


  Cuando la abuela murió, su marido conservó, con especial cariño, aquella caja de madera, relicario de nostalgias y recuerdos compartidos.   


  -Papá, he pensado que me la llevo hoy mismo. ¿De verdad que no te importa? -le dijo su hija.   
  El abuelo aprobó con la cabeza, más que con el corazón. Fue a por ella. Quería tocarla por última vez. La tomó con devoción casi religiosa, la depositó sobre la mesa camilla con faldas y la abrió lentamente.   
  Mira, Cristina: las tijeras, el acerico de alfileres y agujas, el metro amarillo de tela, las bobinas de hilo y la tiza azul de marcar, todo, tal como lo dejó tu abuela   

  -¿Y eso redondo, qué es, abuelo?    

    -Un ojo de cristal de una de las antiguas muñecas de tu madre. Era para ella su amuleto de la suerte.

    En un lateral de la caja, envuelta en una tela blanca y cuidadosamente doblada, como quien ha guardado un valioso tesoro, apareció una banda de Miss. Pilar la desdobló. Era de color rosa con letras plateadas: MISS MADRID 1958.    

  -¿La abuela fue Miss? ¡No me lo has dicho nunca, mamá! -dijo la niña, abriendo sus ojos de mar    

  -¡Claro, y era muy guapa! De regreso a Madrid te lo contaré.     El abuelo asentía en silencio, casi ausente. Una lágrima arrastrada por el recuerdo de un tiempo ya remoto, corría por su mejilla. La secó con rapidez. Cristina se colocó con orgullo y coquetería aquella banda y, de un salto, se colgó del cuello del anciano.    

-Te quiero mucho, abuelo    

-¡Ay mi niña…! ¡Cómo te pareces a ella!   

Abel Martínez García

Edita:

Parroquia de Villalmanzo

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