LLANTO DE UN CAMPESINO
Su nombre: Ticiano, labrador de profesión; eligió su ramo en aquel domingo florecido. Algo tenía el ramo bendecido, algo sí, personalmente se encargaba de colocarlo en el balcón. Algo tenía, era tradición. La costumbre. El Domingo de Ramos era eso.
Aunque la semana estaba cargada de días serios por la religiosidad, para él nunca perdía su significado agrícola. Al tiempo que eran santos, también eran días de labor, días silenciosos, de recogimiento en los surcos que comenzaban a vomitar la hierba mala y trabajosa, el vallico, de verde intenso, teñía el campo; había que aricar, arañar los surcos cuidando, respetando los granos de semilla, y cómo lo agradecía la tierra, penetraban por sus múltiples poros las agujas finísimas de los vientos multidireccionales generados en la cocina de los meses de Marzo, de Abril o de los días, a caballo, entre los dos, los más rebeldes quizá, por lo imprevisibles de sus efectos.
Apoyado en la esteba del arado se quitaba la boina para saludar la corriente del regañón que acariciaba sus sienes para llevarse las gotas de sudor y alegrar las pequeñas arrugas. Lo mismo, cuando el lunes santo entraba en la iglesia y con respeto se quitaba la boina, hacía una genuflexión lenta, encorvada y educada; era el saludo, en la casa grande estaba, en la casa de la oración, el sitio de los domingos, en el lugar más santo.
Acudía a la confesión ante don Aquilino, el cura; salió a relucir algún mojón corrido, algún cachete sin venir a cuento para el Andrés, su hijo; aparte del cupo de juramentos en momentos malos; decía el cura que de juramentos nada: ¡blasfemias! no se podía tomar el nombre de Dios en vano. Segundo mandamiento de las tablas divinas.
Casi siempre lo mismo, hoja de arriba para siembra, hoja de abajo para barbecho o vacación de suelo, como comenzaba a decirse por ahí. Y, en el ciclo siguiente se cambiaban las hojas, se corrían los sembrados hacia los terrenos más del bajero; descansaban los pagos del más arriba, y el ganado, los animales buenos agradecían sus pastos. Feliz, el Retógenes, el pastor; en esta zona de hierba, de pastos con nombres complicados: vallicos, emielgas, amapolas, cuculillos, gévanas, hocicos de cabra.
Más canciones, más romanzas en el colchón infinito del páramo, ellas mozas, mujeres de buen ver; sin oírlas, sólo el ritmo cantarín del agua mientras lavan en el río, o el bisbiseo silencioso de las agujas distribuyendo el hilo del punto milagroso que hace prendas de lana, ropa para la familia. Que algo tenían las aguas cuando cantaba el Retógenes, como que eran más dulces, quizá más suaves en los lavaderos de las Arreines o el Prao, Repuente y Fuentegrande.
Había cosas en la vida del Ticiano que no se podían pasar por alto; en la tarde del miércoles santo se despedía de sus sembrados, de sus fincas, de sus labores; besaba con ternura un puñado de tierra de las Mayas, hincaba el arado en el carrillo, arreaba la yunta para dirigirse a su casita de Cantarranas. En la cuadra acariciaba a sus machos, los miraba: “Es el último pienso que os doy, hasta el sábado noche nada de nada, mañana estaremos de duelo; vosotros también, ni pienso, ni paja, ni cebaderas, mañana muere Dios, sólo iremos a dar agua hasta Puentecanto.” Con duelo pasaba a quitar las esquilas de las colleras, desprendía los cascabeles de los collerones; de los bridones hacía desaparecer las cintas coloreadas y la divisa cosida en los parasoles también desaparecía. Se le encogía el corazón en la operación, tanto, que los ojos tomaban la máscara ovalada del cristal, y las lágrimas se desprendían, sucesivas como si resbalasen en un tobogán rosáceo. Eran lágrimas de dolor, de angustia, de corazón partido, tanto, que los animales, a pesar de serlo, parecían comprender o entender a su manera; algo iba a ocurrir, como hace un año. Apuraban la última rumia, algo iba a suceder; las campanas habían enmudecido, eran cómplices del silencio más triste, iba a morir el Supremo Hacedor, tenía las horas contadas el dueño de todas las cosas..., de todos los animales y, los machos eran eso, animales, simplemente animales, a él debían su existencia; el amo era el Ticiano, el amo supremo era Dios.
José Luis Aragón Arribas