Relatos a mediodía

    CUENTO DE NAVIDAD

    Un fin de semana de la Navidad de 2019, cuando tomé el Metro en Madrid, me encontré con una pareja de ancianos en uno de los pasillos de la  estación de Legazpi. Desde la distancia llegaba el sonido lastimero y desafinado de un viejo violín. Me acerqué. Ambos se encontraban sentados sobre unas sillas plegables de aluminio en un lateral del pasillo, como si esperasen el último tren de su vida. La gente pasaba ante ellos en un ir y venir incesante y apresurado, cautiva de las prisas urbanas.


     Ella tenía la mirada ausente, perdida en el anonimato de la gente, que medio ignoraba su presencia. Lucía unas perlas amarillas de baratija como pendientes y se cubría con una falda larga y una chaqueta de punto. Sus labios, ligeramente enrojecidos de carmín, esbozaban una triste sonrisa, y su rostro reflejaba la soledad,  la nostalgia de otros tiempos mejores. Sus manos enlazadas reposaban sobre sus rodillas.  


    Él vestía una vieja gabardina gris que le cubría hasta los pies. La calva, que le llegaba hasta el cogote, aparecía circundada por una especie de tonsura de antiguo capuchino. Sus ojos vivos observaban aquel trasiego, y cuando alguien le miraba con detenimiento, o depositaba una moneda en un platillo rojo de plástico, él devolvía la mirada con un leve y agradecido asentimiento de la cabeza. Se notaba que nunca había sido un virtuoso del violín, porque a veces las notas que arrancaba de las cuerdas se parecían a un maullido de gato callejero. Así mendigaban algunas monedas.


     Ese día me acerqué y eché una moneda en el plato. La mujer me sonrió y al instante cubrió sus ojos con unas gafas oscurecidas, como queriendo ocultar su identidad. En otras ocasiones los volví a ver, pero nunca me atreví a hablar con ellos. Con la llegada de la pandemia del Covid, dejé de tomar el metro.


     Por las noches acudía a mi cama la imagen de aquella mujer, sentada como una estatua románica de la Virgen, pero sin Niño Jesús. Su cara me resultaba familiar, pero me quedaba dormido sin descubrir su identidad.

     Vivían en el barrio de Villaverde Bajo y estaban a punto de ser desahuciados por impago del alquiler. Habían sido artistas de circo y ahora apenas malvivían con una pensión ridícula, con la ayuda de algunos voluntarios de Cáritas y con las prestaciones de su parroquia.


     Dos días antes de Reyes, una joven y guapa enfermera se detuvo en el pasillo de la estación para hablar con ellos. Poseía una casa amplia, heredada de sus abuelos que habían fallecido un año antes, a los que había cuidado y querido con maternal cariño. La nostalgia y el vació de su ausencia le embargaba cada noche cuando, finalizado su trabajo hospitalario, regresaba a su domicilio vacío. Había oído hablar de que algunos jóvenes estudiantes moraban por un tiempo en casa de ancianos, donde compartían gastos y compañía mutua. Ella lo haría de otro modo: los invitaría a vivir con ella, sin pedirles nada a cambio, solo su cariño. Y, si lo deseaban, podrían seguir amenizando la soledad de aquel pasillo repleto de personas desconocidas y anónimas.


     Escribió su propuesta en una tarjeta navideña y la introdujo en un sobre de colores. Ese sería su regalo de Reyes. Los ancianos, incrédulos, la leyeron. Y aunque se negaron en principio y le costó convencerlos, acabaron aceptando aquella oferta de ternura.

     Todos los días pienso si esto ocurrió de verdad o me gusta imaginarlo. Y me asaltan las dudas y me corroe la mala conciencia de no haber sido yo el protagonista. Pero no los volví a ver. La Filomena fue muy dura con los pobres y el Covid, un asesino implacable de ancianos. ¿Y si esta historia fue verdad?
                                                                                        

Abel Martínez García

Edita:

Parroquia de Villalmanzo

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