LOS ENTIERROS
Vamos a recordar el rito de entierro, luto y duelo en Villalmanzo. Veamos los cambios desde los años 40 de la sociedad rural a la actual.
La enfermedad: En aquellos años apareció un gran remedio que era la penicilina. Por escasa y cara, para los cascajuelos pobres tardó en estar accesible. La gente de campo era muy sufrida y aguantaba lo que podía por temor al médico del pueblo y la poca higiene. Cuando le avisaban, hacía su diagnóstico y difícilmente los enviaba al hospital. Se acudía a los remedios tradicionales y a las escasas medicinas. El médico visitaba mañana y tarde al enfermo y también el cura. Si por desgracia fallecía, venía el velatorio. Se anunciaba al pueblo la defunción de un adulto a través del lúgubre tañido de las campanas o de los “esquilines” si era joven. A los parientes alejados costaba avisarlos, pues no había teléfono en el pueblo. Se iba al telégrafo o teléfono de Lerma. Las pocas y malas comunicaciones dificultaban la asistencia al sepelio.
El velatorio: Se amortajaba al difunto con el mejor traje. En una habitación o en la entrada de la casa, con una tela extendida en el suelo y unas velas, se improvisaba una capilla ardiente. Se velaba el cadáver durante toda la noche. Parientes y vecinos acudían a dar el pésame a los deudos y permanecían largo rato rezando y acompañando a los familiares.
El féretro: Como no había ataúdes en stock, el carpintero del pueblo era solicitado para que tomara medidas e hiciera la caja. Se improvisaba con unas tablas y un una tela negra para mayores o blanca para niños, con que envolverla exteriormente. Llevada al domicilio, se colocaba el cadáver en ella. Cuando era la hora del entierro se sacaba a la calle la caja descubierta. La gente si arremolinaba junto al féretro, esperando la llegada del sacerdote. Después la caja se tapaba y clavaba.
El cortejo: Con el toque de campanas salían de la iglesia hacia la casa del difunto: la cruz, los niños en fila, el cura y los monaguillos. Llegado el cura frente al féretro, lo bendecía rezando unas oraciones. Se iniciaba la procesión del entierro hacia la iglesia con la caja a hombros, los familiares llorosos vestidos de negro y acompañantes. La gente caminaba en silencio mientras el cura rezaba en latín hasta llegar a la iglesia.
La misa de difuntos: El féretro era depositado a la entrada y posteriormente cerca del altar mayor. Comenzaba la misa de difuntos en latín con cánticos tristes como el miserere. Los familiares de luto riguroso se situaban cerca del altar mayor. Acabada la misa se formaban las filas y el acompañamiento con el féretro llevado a hombros, camino del cementerio. El sonido de los campanas seguiría al cortejo hasta el final del entierro.
La tumba: El cementerio era una extensión de tierra cercada por unas bajas paredes con una caseta para depósito y un osario, al fondo. Las tumbas se alineaban en hileras sin apenas separación ni pasillos entre ellas. No había tumbas, monumentos, ni nichos en propiedad. Se excavaba la fosa de 1 m o más de profundidad. Depositada la caja en el fondo, entre rezos, echaban tierra encima con el triste resonar de las piedras. Con el tiempo, los que tenían posibles ponían una cruz de hierro con un pequeño rótulo en recuerdo del difunto. El pueblo entero acudía al sencillo entierro, sin flores. No había entierros de primera, segunda o tercera como en la ciudad. Acabado el entierro se volvía a la casa familiar y después de un rezo se despedían dando el pésame a familiares.
El luto: Después del entierro se iniciaba el periodo de luto de los familiares. Los más próximos al difunto solían mostrarlo externamente durante dos años. (En "La casa de Bernarda Alba" menciona ocho años). Las mujeres vestían de negro y los hombres llevaban un brazalete negro en la manga o una cinta negra en la solapa. Durante ese tiempo no alternaban: no iban a bares ni asistían a fiestas y bailes. Pasado un año, las señoras seguían con velos negros y vestían ya alguna prenda de color, como alivio del luto. En la iglesia ponían un hachero cerca del altar, con 2 ó 4 velones. Detrás, un familiar acudía a misa durante un año y arrodillado en su reclinatorio, los encendía. Dedicaban una serie de misas durante la octava, en el duelo y al cabo de año.
El duelo: La muerte es ese gran enigma que aterroriza a los vivos. La religión católica nos da la esperanza de una vida posterior. Cuando la muerte se lleva a un familiar próximo, el dolor es inmenso. Si encima es joven, se siente más profundamente porque se ha cortado su iniciada carrera vital. El duelo es ese profundo dolor que se sigue sintiendo por el ser querido que se ha ido, sin que apenas el tiempo lo mitigue. Si duro es siempre, máxime cuando deja familia y niños desamparados. A la gente del pueblo se le notaba por su vestido negro y aire compungido.
Conclusión: Hoy los entierros son breves. A los fallecidos en casa u hospital, la funeraria los recoge y traslada al tanatorio. Preparan la sala del velatorio. Realizan los trámites burocráticos y fijan la hora del entierro con el capellán. Los parientes se enteran y asisten fácilmente. En el atrio del pueblo se recibe al féretro, se dice la misa y cánticos en español y el coche fúnebre lo lleva al cementerio u horno crematorio. La gente del pueblo sigue acompañando como antes. Hay coronas y ramos, pero no hacheros. La vestimenta negra apenas se lleva, como si no hubiera luto. Hoy está más adecentado el cementerio: con puertas anchas, nichos construidos hace pocos años, tumbas nuevas y se ha ampliado con la reciente supresión del osario y depósito.
Y aunque el dolor y la pena se siente y anida en los corazones de familiares y amigos, como antaño, sigo pensando como el poeta de las rimas: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”
Carriguera