LA CUESTA MERENDILLA
El terreno de Villalmanzo tiene unos suelos pobres, de cascajo, arena y arcilla. Una escasa pluviosidad y vientos fuertes y fríos, lo convierten en un lugar difícil para la producción agrícola. La vegetación se circunscribe a ciertos viñedos, escasos frutales y en las lomas más altas, estepas, carrascas y robles. En las tierras de labrantío siembran cereales. Desde el río Arlanza va ascendiendo el terreno escalonadamente en planicies hasta la cota de la mira de Otero (965 m).
La cuesta Merendilla llama la atención al caminante. Es un montículo: formación geológica aislada en una zona casi plana que destaca por su redondez y elevación. De sus pendientes faldas, diversas parcelas bajan como retales de tierra arcillosa dedicadas a cebada y trigo. 
Podemos ascender a su cima, desde el camino del Abanico, por un carril. Al final, llegamos a un talud empinado, con hierbas altas, zarzas y espinos. La parte superior destaca por su aridez: es toda una herriza: un calvero, con piedra menuda en tierra blanquecina donde crecen escasas matas y como excepción, una carrasca. Capa dura de terreno antiguo que ha evitado la erosión durante milenios. El dueño de esta finca hizo excavaciones y plantó pinos, que llevan una vida lánguida o se han secado.
Siendo un lugar próximo al pueblo y con unas vistas excelentes desde su cima, sin embargo, no es frecuentado. Tal vez los pastores fueran los únicos que se acercaran. Sospecho que el guarda del pueblo, el tio Basilio, tuviera allí su atalaya de vigilancia.
El nombre de dicha cuesta: Merendilla, nos hace imaginar que en algún tiempo se iba allí a merendar. No me consta que hubiera dicha tradición. Tampoco hay indicios de construcción alguna. A nadie se le ocurrió edificar un castillo, ni una ermita, ni nada...
Sin embargo, por su pie han pasado miles de generaciones cargadas de ilusiones y fatigas. Pero ya no pasan animales: burros, vacas, mulos, ni ovejas, como en mi niñez (años 50), porque no hay. Tampoco se oyen las canciones y risas de las cuadrillas que iban a faenar, porque ya no hay obreros en el campo. Sólo el trino de algún ave y el ulular del cierzo resuenan en su cima... y abajo, el bronco ruido de algún tractor y el lejano rumor de vehículos por la autovía. Pero creo que con permiso del dueño, el lugar, en un buen día, nos daría la satisfacción de contemplar el bello paisaje del entorno de Villalmanzo y del valle del Arlanza.
Ardem