Cosas de antaño...

LAS NAVIDADES

A mediados del pasado siglo las Navidades en Villalmanzo eran un poco diferentes. Los niños las   recibíamos con alegría por las vacaciones. Dada la pobreza y racionamiento después de la   guerra, en las casas no había comidas extras ni adornos. En los años 50, en la iglesia no se   ponía belén sino sólo el niño Jesús en su cuna. Tampoco se celebraba la misa del gallo de   Nochebuena. No se reunían en Navidad los familiares por las pocas comunicaciones y escasez   monetaria. Las comidas eran muy sencillas: lo que tenían en el corral como cerdo, gallo, conejo,   pato o cordero y de postre uvas guardadas en el desván. Ya en los años 70, unos animosos   muchachos pusieron un gran belén debajo del coro. Allí ya no faltaba nada: fuentes, molinos, ríos   y cascadas, con la magia del paso de día a noche y sus luceros. También pusieron una   gigantesca estrella en la torre. Entonces se empezó a celebrar la misa del gallo con gran   asistencia, a pesar de nevadas y fríos. Los villancicos resonaron en la iglesia y en las calles   porque eran populares con las primeras radios y después con la televisión. Los dulces eran   escasos y el turrón apenas si se vio hasta la segunda mitad del siglo. Con el desarrollo, las comunicaciones mejoraron facilitando la reunión de familias en estas fechas. Las comidas se   hicieron más variadas y copiosas, con pastas caseras, turrones y frutas variadas.   

El LAGAREJO 

Estamos a punto de probar el vino nuevo, "por san Andrés el vino nuevo, añejo es", refrán que no   se cumplía en Villalmanzo. Y tenemos ya lejanas las vendimias, hoy desapercibidas para   muchos. Tareas que a mediados del siglo pasado eran todo un acontecimiento. Se movilizaba   todo el pueblo. Villalmanzo tenía mucho viñedo. Jóvenes de los pueblos vecinos venían a   vendimiar. Formaban cuadrilla con la familia del viñador.

Armados con garucho y canasto,   vendimiaban con la alegría de llenar el estómago de uvas, las historias picantes, los cánticos y   las risas. Y de vez en cuando alguna joven gastaba la pesada broma del lagarejo, hoy totalmente olvidada. Restregaba con un racimo la cara de un distraído vendimiador, entre las risas de los   compañeros, viendo la reacción del atacado y la persecución a la osada vendimiadora para   pagarla con otro lagarejo.  

ARDEM