LAS CASETAS DEL CAMPO
Caseta es una “casa pequeña que solo tiene el piso bajo”, según el diccionario. Vamos a recordar las construcciones que llamábamos casetas, situadas fuera del pueblo, en el término de Villalmanzo, hace 60 años.
Las casetas de las viñas: Con este nombre se conocían en los años 50-60 del siglo pasado al menos menos 5 casetas. En Valdiniesta la del tio Valero, dos en Zorromalo, la del tio Ponciano y la del tio Luciano, otra dos de los Asenjo en Valdemansilla y Valdeporros. Sencillos edificios de reducidas dimensiones, de unos 3 x 2 m. construidos en viñedos extensos y alejados del pueblo, con paredes de adobes y pequeña puerta que daba acceso al interior con suelo de tierra. Todavía sigue en pie una en Zorromalo, aunque en estado ruinoso.
Servían para guarecer a los viñadores de las inclemencias del riguroso clima y guardar ocasionalmente sus herramientas. Las cuadrillas de vendimiadores, podadores, sarmentadores y cavadores guardaban sus hatos en la caseta.
Las escasas viandas llevadas en zurrones o fardeles con el pan y poco más, la bota de vino y el botijo estaban a salvaguarda de hormigas, alimañas y al fresco. A principios del siglo XX gran parte del territorio de Villalmanzo estaba plantado de vides. Pero en la primera quincena de ese siglo entró la filoxera, insecto que atacó a las viñas secándolas. Trajo la ruina de muchas familias y la emigración a América y otros sitios. Los que quedaron replantaron con la cepa americana y se fue recuperando el viñedo: unas pocas plantaciones extensas y muchas familiares pequeñas, por la división de la herencia, que trataban de trabajarlas a fondo.
Las viñas cuidadas con esmero daban mucho y duro trabajo. Su cultivo ocupaba ocasionalmente a jornaleros del pueblo. Para la plantación de una viña, debían cavar hoyos, plantar esquejes y al año siguiente injertarlos. Había que esperar tres años a que empezara la producción. Pero cada año debían hacer las labores de mantenimiento: podado, sarmentado, arado, cavado con azadón alrededor de cada cepa, abonado con basura y tapado, desmochado, azufrado y sulfatado. Si el tiempo acompañaba se recogía la cosecha con vendimiadores que venían de pueblos vecinos.
La Caseta de la Vía era otra cosa: parecía y era un admirable chalé, construida en una ladera de Valdecedroño, al inicio de una trinchera de la vía. Era preciosa comparada con las ruinosas casas del pueblo. Allí vivía la familia de un ferroviario cuando aún no pasaba el tren porque no había ni raíles. Cuidaba de mantener los terraplenes y cortadas (donde murieron dos obreros de Villalmanzo) y evitar que los rebaños los invadieran, multándolos. Haciendo buena la graciosa lectura de la señal en aspa de los pasos a nivel: “Ojo al guarda, paso sin tren”.
Después de largos años se pusieron las traviesas y las vías. Y empezó a pasar el tren. Pero ya no la habitaba nadie. Hoy la caseta en ruinas ya no sentirá el ruido del tren porque ha dejado de pasar y sus vías oxidándose sólo las atraviesan los numerosos conejos de la trinchera, sin señal de advertencia de que es peligroso cruzar la vía.
La Caseta de los Camineros: Otra caseta singular, era la de los camineros, en una finca, junto a la carretera N1, hoy autovía, al lado de la Fuente Mora, conocida como El Vivero. En ella almacenaban las escasas herramientas: carretillas, azadas, palas, hachas, sierras y hoces…, los que cuidaban la carretera nacional, sus cunetas. Tenía diversas plantaciones para la repoblación de los árboles que jalonaban la carretera, para desgracia de los que se salían de la misma. Hoy la caseta y los camineros han desaparecido y la plantación abandonada.
Conclusión: De las casetas de las viñas de aquellos tiempos, sólo queda una para muestra. En estado ruinoso, habiendo sido reparada otrora con ladrillos su parte delantera, que contrasta con los clásicos adobes de su construcción.
Ahora en el campo hay otras casetas y construcciones modernas. ¿Pero qué historias guardaban aquellas casetas? Verían el sufrimiento de aquellos cavadores, con el pesado azadón trabajando las viñas.
Me contaba mi padre que al atardecer llegaban al pilón, derrengados y abatidos, a descansar un poco, pero mareados por comer poco y empinar la bota, sus palabras pronto subían de tono. Contemplarían a los podadores con la espalda curvada todo el día, a los sarmentadores recibiendo arañazos y a los vendimiadores alegres. Verían pasar a diario a los pastores con sus rebaños. Nos contarían que sirvieron de guarda de herramientas, de refugio de aguaceros, fríos y calores de trabajadores y cazadores, de reposo de pobres transeúntes, de dormitorio ocasional y otras historias…
Todavía recuerdan los labradores, con agradecimiento, cómo los acogían con toda amabilidad los moradores de la Caseta de la Vía, cuando les sorprendía un aguacero en sus proximidades.
La modernidad ha abandonado las antiguas casetas del campo, que abrigaron a generaciones de viñadores, labradores, cazadores y … que hoy con pena vemos la última en ruinas y lamentamos que a las otras el tiempo se llevó…
Carriguera