Costumbres y tradiciones

¿QUÉ TE HAN ECHADO LOS REYES?

Miraban los muchachos, habían conseguido su misión: conducir a los protagonistas de la Navidad hasta el bosque y hacer participar a los moradores del Monte de la Dehesa del gran acontecimiento que es la Navidad: el nacimiento de una criatura buena.

Tal era el derrame de agua que no podían salir, imposible regresar a la aldea. Debían permanecer en los suelos polvorientos de la cueva. Esperar. Estar una buena porción de reloj en el vestíbulo de la gran oquedad natural.

—Mientras tengamos que permanecer aquí, apuesto por la conveniencia de hacer algo, aprovechar los tiempos. ¿Cantamos algún villancico? ¿Repasamos anécdotas? ¿Relatamos leyendas? —Sugirió contenta Isabel. —Os propongo el contar historias de navidad acaecidas en la aldea. —Añadió Salomón. —Además de interesante, nos puede apartar de la llegada de esta lluvia torrencial e inoportuna que nos tiene inmovilizados, casi ateridos. Si os parece empiezo yo misma, —Isabel, con interés por apartar los sonidos rompientes, invasores, casi tenebrosos de las enormes goteras de lluvia anárquica. Y comenzó a decir:

“Podían ser aquellos años de más atrás, los sesenta, cuando el agua corriente quiso entrar en las casas. Por adelantado que nada de euros, pocos coches, algún tractor, las calles de barro y polvo transitadas de algún animal incluso. Europa comenzaba a ser la Comunidad Económica Europea. Que entonces no se decía colegio sino escuela, donde por acudir tenías derecho a un vaso de leche en polvo en virtud de los remanentes del proyecto llamado Alianza para el progreso entre los yanquis y los americanos del sur. Alguna televisión, estaban contadas: la del tabernero, la del señor maestro, la del señorito, la del cura; nos permitía descubrir que había vida más allá de los kilómetros de la raya. De ahí las corridas de toros, los indios, la caballería de los fuertes, la general store, sheriff del oeste, las sesiones de tarde. Sí y aquellos niños prodigios que tocaban el piano, la guitarra, la trompeta.

Me contaba mi hermano, el mayor, que en esos tiempos y no en otros, llegados los días del Nacimiento, aconsejado de mis padres siempre escribía su carta a sus majestades los Reyes de Oriente. Siete años tenía en aquella temporada, le animaban, además, los abuelos. Que así comenzaba la infantil misiva:  

“Queridos Reyes Magos, Pacomio es mi nombre, soy de aquí mismito. El más mayor de mis hermanos. Hago los deberes, voy a la escuela, a por agua a la fuente, a por la hogaza en el cocedero, a por la leche a la vaquería y… y me gustaría que me echaseis unas manoplas para las manos, unas botas para los pies, gasto el “treinta y uno”. Cada día que pasa hace más y más frío. Un arco con flechas y una pistola con pistones. Una anguila también.” Llegado, que hubo, el seis de Enero, en el poyo de la ventana permanecían: una anguila de mazapán en caja redonda, una caja de lápices de colores, cuatro naranjas y… y qué cosa más rara: un sobre de correos, bien cerrado, con la silueta de tres camellos cabalgados de tres jinetes coronados. Por romper la sorpresa, lo primero que abrió el niño fue el sobre y, ¡sorpresa! era, era… no se lo podía creer: ¡un billete de mil pesetas! Dinero, mucho dinero para comprar lo que quisiera, hasta una bicicleta podía ser. No permanecieron sus padres ajenos a la situación conmovedora por entrañable: “Qué bien Pacomio mío, qué buenos los Reyes. Lo que te han echado: ¡uf! un billete verde de muchos duros. Déjanosle, nosotros te le guardaremos, a ti se te puede perder.” Le aconsejó su madre. “Mejor así, vosotros me lo guardáis, son muchas pesetas me lo pueden quitar los chicos mayores. Pero no es vuestro, que es mío, los Reyes me lo han echado.” —explicaba él, loco de contento. Nunca hubo tantos saltos de alegría.

Pasado un año, de nuevo el seis de Enero se amanecía en la aldea. Casi sin dormir se precipitó el Pacomio al poyo de las ilusiones: una pistola de agua, una pelota de goma, higos en bolsa, un plumier, una anguila de mazapán y… y ¡oh Dios! otro sobre. De la bici, del helicóptero, del carro de combate, nada de nada, que se habían olvidado sus majestades de Oriente. Bueno, al pronto se presentaron sus padres por experimentar las muestras de alegría en sus retoños. “Qué bonito, qué buenos los Reyes Magos, a ver a ver: ¡Un billete verde, mucho, mucho dinero! Trae, trae que a buen recaudo te lo pondremos. Nadie te lo podrá robar ni lo perderás.””

Fuera seguía la lluvia, a jarros el agua. Se miraron los cinco jóvenes, sonrieron con complicidad. No cabía duda: el billete de sus majestades era el mismo de todos los años.

José Luis Aragón Arribas

Edita:

Parroquia de Villalmanzo

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