Cuentos del abuelo

 PAISAJES DEL ARLANZA

  Con egoísta optimismo contemplamos signos, parámetros que invitan al entusiasmo y contento en estas tierras; disponen nuestros pueblos y lugares  de esa especie de fuerza centrípeta que atrae, que hace regresar a sus pobladores estacionales, simpatizantes, amén de grupos esporádicos que buscan pegarse más y más a los entornos naturales que la vida rural y sencilla nos procura.

  Son días, éstos del verano, si no los mejores del calendario, sí los más apropiados para desprendernos de tantos y tantos añadidos tóxicos así como lastres, rémoras urbanas que nos impiden ser nosotros mismos ante una postura de sol infinita de rojos, casi ninguno igual. Degüello de soles lo llamó el cantautor Atahualpa Yupangui. Extraordinario espectáculo durante casi todos los atardeceres: gratuito, lento, cautivador de sensaciones desde el Mirador de San Miguel en Cilleruelo de Abajo; desde la Cotarra en Villafruela o desde el Alto del Enebro de la M. en Tordueles.
 
  Ya, pero los amaneceres tienen lo suyo en cuanto a belleza se refiere: es el rompimiento suave de las costuras de la noche, también conocido como instante azul; antes de continuar os invito a que subáis, ya en la desgastada noche, a los Arcos de Lerma o hasta la Torre-mirador de Villalmanzo y, desde allí buscar el solano para dejar los ojos entre la Mamblas, esos dos senos que como nunca se prestan a las caricias de un astro, entre tímido y cobarde, llamado sol, que apenas si es. Más bien una pequeña torta o disco demasiado joven por falta de horas. ¡Ah! el instante azul donde el silencio es más callado que nunca mientras los campos se quitan la legaña con rocío y los animales todos con cantos festejan la luz. Una delicia para a los madrugadores de este verano tan inconsciente e inseguro.

  Por la situación de estos días, catalogados de vacación laboral, no hemos de desdeñar otro placer que nos procuran los entornos naturales; me estoy refiriendo a la literatura que del campo trata. Elegimos un libro: Viejas historias de Castilla la Vieja, a la sombra de cualquier encina podemos saber del palomar de la tía Zenona, o de las andanzas de Aniano el Cosario. Escogemos otro: La Cabaña de los cuentos, y en ambiente de bodega contemplamos la bajada del jabalí, leyendas sobre golondrinas, historias de amor grabadas en piedra. En la obra Campos de Castilla, Machado, en verso, nos habla de un olmo seco, de San Saturio y su ermita, o de la curva de ballesta del Duero. Un placer leerlo por aquí mientras en el paseo tardío nos dirigimos al Monte de la Dehesa, la Fuente de los Borbollones, o, sin prisa buscamos la cascada del Churrión pasando por la Ermita de las Naves, o nos ensombrecemos bajo la encina del Carrascal robusta como ella sola, o contemplamos la herradura de Montenuevo; tocamos las piedras sagradas de la ermita de Nª Sª de Madrigal. En suma, una delicia pasear los libros, que del campo hablan, por estas líneas rurales que rastrojo interminable son en este verano  de sed.
                                                                      

Jolua2

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Parroquia de Villalmanzo

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