Relatos a mediodía

    LA NOCHE DE LOS MURCIÉLAGOS

         Aquel verano del 62, el grupo de amigos, preadolescentes, habían intentado capturar algún murciélago, tirando boinas al aire, para luego sujetarlo  en una pared y ponerle un cigarro en la boca para que se lo fumara. Pero todos los intentos resultaron inútiles. Y abandonaron el atrio de la iglesia, un tanto frustrados.
      La noche, cóncava y lúgubre, envolvió las calles, corrales y callejas con sus sombras, como si de repente se hubieran muerto la luna y las estrellas
    —Pero, Quique, hijo, ¿de dónde vienes tan tarde?  ¿No sabes a qué hora se cena en esta casa? Cualquier día te vamos a dar capote y te irás a la cama sin cenar —le amenazó su madre.
   —Es que… hemos estado cazando murciélagos con unas boinas.
   —Te voy a tener que leer la cartilla —le advirtió su padre —.¿Y qué? No me digas nada, que ya me sé la respuesta. Habéis pillado «un casi, casi», como el día de la caza del buitre, ¿no? —su padre se permitió una sonrisa indulgente—. ¡Mira que sois pardillos!¡Con unas boinas…!
     Enrique no respondió y se apresuró a cenar. Su madre continuaba con la regañina:
    —¡Anda que…toda la santa tarde enredando por ahí!  
     —Pero, hijo, ¿es que no sabéis divertiros más que con la caza y la pesca de bichos, perdidos por esos andurriales y abandonados de la mano de Dios? —la abuela Matilde se subió al carro de las advertencias—. Un día te va a picar alguno y nos darás que sentir. Y, si no, al tiempo, que quien evita la ocasión, evita el peligro.
     —Ande, deje, madre. ¡Solo nos faltaría eso! —observó su madre.
     —Y ahora, ahueca. A dormir, antes de que te caigas de sueño. Espero que sea la última vez que llegas tarde, que un día te voy a untar el morro —añadió su padre.
     —Sí, hijo, a descansar, que no es bueno tanto trajín, que el cuerpo se cansa y el alma se descompone; y no es porque yo lo diga, pero el descanso corporal alivia y sosiega el alma —sentenció la abuela y, a continuación, su madre concluyó:
     —Todo el mundo a la cama. Yo estoy derrengada, que menuda soba me he dado hoy en la huerta sacando cubos de agua del pozo; que ya no puedo ni con mi alma.
     Y el pueblo se durmió bajo la soledad redonda de un cielo enlutado.

     Los murciélagos volaban amenazadores en torno a sus cabezas. Habían conseguido atrapar uno  y lo tenían sujeto, con las alas extendidas, en la pared de adobe de la casa colindante con la del sastre. Cuando Enrique iba a colocarle el cigarrillo en la boca, el animal creció desmesuradamente, transformándose en un vampiro gigante, como los que se llevaban en volandas al Pequeño Pantera Negra en la selva amazónica, en el tebeo que acababa de leer. Entonces el animal le mordió un dedo, del que comenzó a brotar un hilillo de sangre negra. El pitillo, clavado en uno de sus afilados colmillos, se convirtió en un puro habano, el triple de grande que los que se fumaba el tío Policarpo, el indiano rico.
     Miró en derredor, no quedaba ningún amigo en el atrio, y el murciélago se reía a  carcajadas. La radio del sastre anunciaba, a todo volumen, que miles de vampiros invadían los pueblos de Burgos. Entonces echó a correr, atemorizado, pero apenas podía avanzar. Entró en su casa, pero no había nadie, y  se dirigió a la alcoba donde dormía su abuela. Sobre la cama de hierro, yacía la abuela Matilde, blanca de cera, con la boca entreabierta, los ojos semicerrados y las manos artríticas cruzadas sobre el pecho. Un par de ratones correteaban sobre la colcha. Los vampiros golpeaban el cristal del ventanuco, batiendo sus alas. «¡Abuela!», gritó, mas no hubo respuesta.
     Con las piernas casi paralizadas, salió en busca del sacerdote. Golpeó con fuerza la aldaba de la puerta, nadie respondió, e insistió con mayor violencia. Entonces, Petra, la hermana mayor del párroco, se asomó a una ventana: «¡Mi hermano no está, se ha ido de vacaciones a Brasil! ¿Qué quieres a estas horas, monaguillo pillo?», le preguntó. «¡Que mi abuela se ha muerto sin recibir la extremaunción!», respondió angustiado. «Pues entonces llama al cura de Lerma», le dijo, y cerró con estruendo la ventana.
     Escuchaba ahora la risa estridente de aquellos murciélagos gigantes que volaban sobre él: «¡Torpes, que sois unos torpes! ¡Anda que…, con boinas a nosotros!», le gritaban. Entonces escuchó una carcajada siniestra del vampiro inmovilizado en la pared, con el puro habano colgado del colmillo y arrojando el humo por las orejas: «¡Ja, Ja, Ja! ¡Te vas a poner negro, negro como la brea!», vociferaba el vampiro. Observó su dedo, cada vez más oscuro, y regresó a su casa, medio arrastras. Apenas veía nada bajo la negrura de un firmamento opaco. Sobre su cabeza, sentía el aletear quebrado y silencioso de los vampiros que  intentaban morderlo.
      —¡Madre! ¡Madre! —gritó, sudoroso y agobiado.
      —Quique, hijo, despierta. ¿Qué te ocurre?
      —Que la abuela se ha muerto y a mí me ha mordido un vampiro; que me estoy poniendo negro —le contestó mientras examinaba, confundido, sus manos.
     —Tranquilo, cariño. Todo ha sido un mal sueño. Ya ves, eso te pasa por cenar tan tarde y leer por la noche esos cuentos —y le estrechó la cabeza contra su pecho.
     —¿Cómo tengo la lengua?
     —A ver, sácala. Pues como siempre. ¿Por qué me lo preguntas?
     —Por nada —dijo, aliviado—. ¿Te puedes quedar a dormir conmigo un ratito? Es que…
                                                               
 

Abel Martínez García

Edita:

Parroquia de Villalmanzo

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