EL ANDAMIO DE LA NAVIDAD
Hay que reaccionar desde este planeta nuestro, que no es otro que esta tierra ebria de tantos litros de noche, es por eso que en navidad se enciende la redondez del mundo y estalla la luz en un parto de energía radiante. Incontables abetos, afilados como puntas níveas, abandonan su bosque protector para colarse en lo hogares sencillos de las ciudades, para visitar las casitas humildes de las aldeas, y se transforman en el soporte mágico de incontables ilusiones: en cada rama una estrella, un sueño, una promesa..., quizá el regalo de poder seguir en este curioso andamio hecho con los días hechizados, blancos de la navidad. Surcan los cielos los trineos de Santa Claus, de San Nicolás, trineos llenos de gálibo tirados por la manada de renos dóciles, veloces, que apenas si se cansan, y que buscan, lo que a ellos más agrada lo mismo que a sus bonachones amos: Colmar los sueños de un niño, buscar la sonrisa en sus labios de algodón, soplar las lágrimas de dolor para dibujar en sus mejillas pequeñas perlas que son momentos tan buenos como alegres, tan deseados como necesarios.
Ascienden a velocidades punta los fuegos artificiales, ceremonia ésta, siempre asociada con celebraciones singulares. ¿Qué se festeja ahora?
cabe preguntarse. Pues las fugaces luminarias de pólvora señalan el nacimiento del hijo de Dios. Acontecimiento único y esperado en el mundo cristiano, tanto es así, que la noche que une el 24 con el 25 de Diciembre es la noche del nacimiento, del alumbramiento y, las estrellas se multiplican todas por doquier, arriba como incontables llamas redondas, abajo como múltiples tachuelas doradas en el suelo clavadas. Todo es brillo en esa noche de desfile de constelaciones estelares, hay una estrella que abandona la formación para ser un astro en permanente deriva hacia el lugar por excelencia, que Belén es su nombre y, al parecer, están ocurriendo sucesos extraordinarios, según cuentan por ahí: “ que sí, que venían a empadronarse, ella encinta, con cara de mucho frío; parecía mayor él, de aspecto humilde como su esposa, las manos sarmentosas, se adivinaban restos de serrín en su vestimenta. Y, claro, nadie quiere problemas, es un matrimonio desconocido, vete tú a saber, así que se han instalado en una cueva refugio de ganado porque el frío es letal en Belén y, más en esta época. Menos mal que encontraron un buey y un asno rumiando en el pesebre; se ha salvado el niño gracias al vaho y calor de los animales. Ahora se divisa una estrella diferente, desconocida, dicen los que algo entienden; más cerca, cada vez, de la cueva, asoma por la dirección de oriente. Se adivina que permanecerá sobre el establo. Al niño le han llamado Jesús, apunta maneras; los que le han visto dicen que es el que ha de venir. ¿Pero cómo va a ser eso?, un mesías no puede irrumpir entre nosotros de esa manera tan pobre, tan de incógnito, no son formas, aunque esa estrella...”
Imposible renunciar a lo bueno de estos días dorados aunque enfrente tengamos los momentos ásperos de la que se puede llamar antinavidad; someramente y por no enturbiar demasiado la magia de la etapa navideña, podemos citar como soportes básicos de dicha situación, un excesivo empacho de bondades, el mundo entero reparte felicitaciones, para, más tarde olvidarlas y pisotearlas. Florecen, las promesas, por doquier, desaparecen transformadas en simples entelequias. Un consumismo sin razón de ser extiende sus múltiples garras abrazando amplios sectores del comercio; es la consigna del “todo vale”. Nos asedian los medios y nadamos en un mar de colonias, perfumes; masticamos con prisa carnes, mariscos, pescados selectos; se amontonan, los dulces propios, en el sufrido mantel navideño que las burbujas del cava no terminan de manchar. Hasta excesiva puede ser la exquisita lencería roja. La soberbia ingeniería, el colorido, la sofisticación de la juguetería queman las pupilas sensibles de la infancia, pues los niños lo tienen todo y, al mismo tiempo desean no disponer de nada para volver a demandar más. Triste paradoja la nuestra: consumir para tener y después destruir para volver a consumir.
Casi como un lamento ¡qué lejos los días de Pascua! cuando en cada navidad de aquellas surgía un cuento de las excesivas noches invernales, alrededor de la mesa con el mejor de los manteles que era la compañía y el lenguaje caliente de las llamas fabricadas en las cocinas, también invernales. Poquito a poco se juntaban las palabras mejores, las elegidas para crear una pequeña historia, una vivencia, un ambiente sí..., en fin aquellas historias perfumadas de musgo y musicadas por las campanas de pascua.
José Luis Aragón Arribas