Lo que el tiempo se llevó...

LAS ERAS  


   Ubicación: Las eras, hace 60 años,  eran terrenos llanos con césped natural que rodeaban el pueblo, usadas para la trilla de las mieses. Las  conocíamos como las eras de abajo,  las de arriba, las de las bodegas y la  de San Sebastián. ¿Pero existen  todavía? En la de San Sebastián,  siendo niño, aún se trillaba. Pequeña y abandonada, desapareció ocupada por el polígono industrial. En  las eras de las bodegas, particulares  y pequeñas, aunque trillaron muchos años, construyeron casetas,  locales y cercados. Las eras de arriba, al norte del pueblo, eran extensas. En unas, el Ayuntamiento en los  años 50 proyectó las nuevas escuelas. Subastó las que quedaban  detrás. Rápidamente edificaron escuelas, casas y corrales. Las otras,  al este de las anteriores y entre  dos caminos con bodegas, eran de  propiedad privada y hoy casi todas  están ocupadas por casas y corrales. Las eras de abajo, situadas al  este, eran particulares, pequeñas  y hoy con edificaciones. Las del  sur, eran las más extensas y muchas de particulares. Otras, cuentan que fueron donadas al pueblo  por los dueños de Tordable. Unas  y otras rodeaban el cementerio. En  las municipales se han construido  piscinas, chalés, polideportivo,  zona deportiva y otra construcción.  En las particulares se han edificado chalés, naves y corrales. Hoy  estas eras están en gran parte  desaparecidas. 

Las eras

Uso: En otoño las  eras  quedaban  limpias “de polvo y  paja”. En invierno  estaban solitarias  con algún balaguero de paja olvidado  y las casetas cerradas. Cuando la  nieve cubría las  eras, eran admirables. Los niños  tratábamos  de  hacer bolas de  nieve y batallas.  Intentábamos patinar deslizándonos y nos dábamos una “trapajada”. En primavera salía  nueva hierba. Entonces acotaban las eras y no podían entrar los ganados  a pastar hasta mayo. Después los pastores al atardecer esperaban en  ellas para guardar las ovejas en tenadas. Los niños organizábamos partidos de fútbol si había, cosa rara, un balón. También jugábamos a los pinchos, al acoto, a darnos volteretas… Pero era en verano cuando estaban  muy concurridas. Se convertían entonces el centro de las actividades del  pueblo. Los labradores dejaban allí sus sudores tratando de moler las mieses de su siempre raquítica cosecha. Pero antes tenían que hacer otras  faenas. 

La siega: El verano era una época de trabajos “forzados” para los labradores. En ellos participaba toda la familia. Empezaban en junio a pelar yeros,  algarrobas, “titos” y garbanzos que se hacía a mano o a hoz. Después se  segaba la cebada, el trigo, la avena y el centeno. Cuando se segaba con  hoz, previamente fabricaban vencejos, dos tiras de paja larga de centeno  unidas por un extremo, para atar las manadas formando haces. En mi niñez, llegaron las ruidosas segadoras, con una gran rueda de hierro que  “cantaba y contaba” las infinitas piedras de los sembrados. Al lado, sentado  sobre un incómodo asiento de hojalata iba el segador botando y dirigiendo  la yunta de machos. Desde allí con pedales y palancas dejaba de las gavillas. Era un gran avance que paulatinamente fue imponiéndose. Las gavillas  se amontonaban en morenas y se arrastraban las cañas que quedaban. 

La trilla: Era la faena más penosa. Se levantaban antes de amanecer y salían,  todavía de noche, a acarrear las mieses. En el carro se ponía un andamiaje  del que colgaban unas redes para traer un gran volumen. En el primer viaje  iban a tierras alejadas, sin más luz que la de la Luna y en otros dos, a fincas  próximas. Las mieses traídas en grandes “cachapadas”, se extendían en la  era y comenzaban a trillar. Los trillos revisados por trilleros, los arrastraban  animales: vacas o mulos, dirigidos por un mayor o niño, de pie o sentado,  con los ramales en una mano y la tralla en otra. Trabajo monótono dando  vueltas y vueltas, bajo un sol de  justicia que hacía que el polvo de  cebada picara con infinita saña.  Tratando que los animales obedecieran para pasar por donde estaba menos molido, que hasta ellos  se cansaban y a veces salían disparados con el trillo por las tierras. Si el día era caluroso se desgranaba y tronzaba la paja bien.  Pero en tiempo húmedo o frío, se  arrollaba en montones. Se iban  sustituyendo en el trillo y otros daban vuelta a la “tendedura”, con horcas y palas.  Ya molida la paja, se recogía la tendedura con camizadera, rastros, escobones y se amontonaba en la  parva. Al día siguiente, la misma tarea, hasta acabar  las mieses. El cierzo muchas tardes, trillando, nos  jugaba una mala pasada. Se llevaba la paja y si venía frío nos envolvíamos con una manta, que no impedía que nuestros ojos se llenaran de pajas. 



La bielda: Era más llevadera. Se hacía a mano con  bieldos, aprovechando el viento. Era un trabajo lento  e inconstante. Después llegaron las primeras beldadoras mecánicas. Se manejaba entre varios hombres: uno daba vueltas a  un ventilador y otro echaba con una bielda a la tolva, otro recogía el grano  y alejaba la paja. Finalizada la bielda se cribaba el grano. Se ensacaba  midiendo con la media fanega la siempre escasa cosecha. La paja se  guardaba para alimento y cama de los animales. Trabajo desagradable  porque siempre andábamos “llorando” por las motas, pajas y polvo, que  nos entraban en los ojos. Después llegaron las trilladoras que accionadas  por tractores trillaban, beldaban y ensacaban a la vez. Por fin, para alivio  de labradores y de sus bolsillos, vinieron las cosechadoras, que lo hacían  todo. El labrador esperaba a la sombra que el cosechador descargase el  grano en el remolque del tractor. Las eras ya apenas si tenían más utilidad que para depositar el grano unos días, para después llevarlo al silo. 

Conclusión: Nuestra generación ha contemplado el mayor cambio que en  siglos ha transformado la vida y costumbres del pueblo. Nacimos en una  época de penurias. El pueblo continuaba los tradicionales trabajos  agrícolas y ganaderos. Ya había desaparecido la artesanía textil. En los  años 50 fueron desapareciendo las vacas como animales de tiro, sustituidas por ganado caballar. Se empezaron a usar los abonos artificiales. Se  extendió el uso de la segadora y la beldadora. En los 60 los sufridos peones agrícolas buscaron trabajo en el norte. Desaparecieron los pequeños  agricultores y otros se agruparon en cooperativas. El campo se mecanizó  con los primeros tractores. En las eras unos ruidosos tractores arrastraban los trillos, que después la trilladora eliminó. Posteriormente llegaron  las cosechadoras despareciendo las parvas en las eras. En verano ya no  hay las “tendeduras” de mieses, ni los sufridos labradores dando vueltas  con el trillo, ni las comidas y frugales meriendas sobre una manta en la  caseta o a una sombra imporvisada. Ya no se oirán los cánticos de las  mocitas en los trillos ni los desagradables “juramentos” de los mozos con  los animales indómitos. Ni se verán aquellas parvas que iban creciendo  día a día. Pero nuestra generación guardará, hasta que Dios quiera, el  recuerdo de las pesadas vivencias en las eras y que el tiempo, a casi todas, se llevó…                    
 

Carriguera

Edita:

Parroquia de Villalmanzo

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